AMLO: Extraviado en la política exterior

Gustavo de Hoyos

El México liberal y democrático —al menos como aspiración— nace con el constituyente de 1824. Nuestros padres fundadores se inspiraron en las ideas contenidas en la Constitución estadounidense de 1787 y en las de la revolución francesa de 1789. Cuando se escribe la primera constitución democrático-liberal en México estos postulados llevaban poco más de cuatro décadas de ejercer influencia en el planeta. Por ello, no fue una coincidencia que el constituyente incluyera ideales como la igualdad, la seguridad, la propiedad y la libertad en su definición de la felicidad humana. México iniciaba su recorrido como nación retomando los principios liberales y democráticos de ambas revoluciones: la doctrina de la soberanía popular fue tomada de Rousseau, quien fue el padre filosófico de la revolución francesa y las ideas de la necesidad de imponer límites al poder fueron tomadas de la filosofía política de los autores de los Federalist Papers.

A lo largo de los últimos doscientos años, la aventura mexicana ha consistido en hacer valer, en el terreno de la realidad, los valores que le dieron origen. A nadie escapa que la distancia entre ideales y realidad ha sido demasiado amplia durante toda la historia de nuestro país. Pero hasta ahora pocos habían puesto en duda la validez del ideal. Este arquetipo de sociedad tampoco fue realmente transformado por el constituyente de 1917, si bien se puso más énfasis en los ideales de igualdad.

Por ello preocupa el espectáculo que nos ofreció el gobierno mexicano durante la ceremonia del 15 de septiembre y la reunión de la CELAC de la que fue anfitrión. En un hecho inédito, se permitió hablar a un Jefe de Estado de otro país durante un acto que tradicionalmente es sólo de los mexicanos. El hecho de que éste haya sido el presidente de Cuba abrió la interrogante del tipo de gobierno que el obradorismo busca impulsar. Existe la percepción de que quizás, por primera vez en doscientos años, la vía mexicana ya no sea la enarbolada por los constituyentes de 1824, 1857 y 1917. La preocupación es creciente ante el riesgo de que estos ideales sean reemplazados por principios diferentes, que nieguen las aspiraciones de libertad e igualdad —que siempre deben ir juntas— por prácticas autoritarias y tiránicas. Quizás en eso consista el viraje en política exterior del régimen obradorista. En política los símbolos cuentan. Las declaraciones en favor del régimen de La Habana contrastando con el hecho de que se haya dado un trato marginal al nuevo Embajador de Estados Unidos en México en los festejos del inicio de la gesta indepencista, hablan de la voluntad de López Obrador de alejarse del gobierno de Estados Unidos.

La lectura del obradorismo parecería ser que el gobierno estadounidense le otorgará mucho espacio de acción al régimen mexicano, pues lo necesitaría para controlar las dos fronteras. Aunque esto puede ser cierto, hay límites y López Obrador se está acercando peligrosamente a un umbral de tolerancia que puede desembocar en represalias del gobierno norteamericano contra nuestro país.

En varias ocasiones se le ha preguntado al presidente López Obrador sobre su política exterior y él invariablemente contesta su consabida frase de que la mejor política exterior es la interior. Pero esto probablemente sea una fachada. En realidad sí parece haber una política exterior del obradorismo que consiste en tratar de colocar a México como el líder del bolivarismo, ante la debilidad de Venezuela, la falta de credibilidad del castrismo en Cuba y las cíclicas crisis del peronismo en Argentina, que recientemente sufrió un tremendo golpe electoral, impidiendo la visita del presidente argentino a la cumbre de CELAC. Uno de los problemas del bolivarismo latinoamericano es su hubris. Al parecer muchos creyentes de esta persuasión política en verdad creen que es posible liquidar a la OEA y al liderazgo estadounidense en la región. Nada de esto es factible. La OEA seguirá siendo el principal mecanismo de concertación diplomática en la región dado que es el que mejor representa el interés de la democracia liberal y porque lo impulsan las dos naciones más poderosas de la región: Canadá y Estados Unidos.  Pero si los sueños irrealizables del bolivarismo conducen a espectáculos de oropel, la realidad siempre ejerce una fuerza devastadora. Quizás percatándose de ello, el presidente mexicano envió una carta a Biden con el fin de convencerlo de la legitimidad de dos de los programas que se aplican en México: Sembrando Vida y Jóvenes construyendo el Futuro. La idea ostensible es que estas dos iniciativas se reproduzcan en Guatemala, Honduras y El Salvador, con financiamiento estadounidense. López Obrador piensa que esto le resolvería el problema migratorio en la frontera a Biden. Pero es curioso que se haya olvidado de que el problema actual en la frontera es la migración de haitianos que el presidente mexicano no considera en su misiva. Hay que añadir que los dos programas de marras han sido un fracaso en su aplicación mexicana. En la carta también se propone que Estados Unidos pueda abrir más mercados a México que ahora está explotando Asia. Parece una buena idea, pero el hecho de que la carta sea abierta puede crear problemas diplomáticos con Beijing.

López Obrador pensó que era fácil cerrarse al mundo, pero el mundo está frente a sus narices. Recientemente se ha sabido que Gran Bretaña pretende unirse al T-MEC en su intento por convertirse en un poder global. ¿Está preparado el obradorismo para entender las repercusiones para México de esta estrategia diplomática emprendida por Londres?

Cercado por el Escila del bolivarismo por un lado y el Caribdis de la necesidad por mantener una presencia en el mundo de acuerdo a la magnitud del poder mexicano, por el otro, el obradorismo parece haber perdido la brújula. Este extravío se explica por la incapacidad del régimen de ofrecer una alternativa creíble a la democracia liberal. Después de todo, las tiranías cubana y venezolana —cada una a su manera— no ofrecen nada que pueda contribuir a la felicidad humana, pues se fundan sólo en la voluntad de acrecentar y preservar el poder de sus líderes. La idea del gobierno mexicano de crear una comunidad latinoamericana tomando como modelo a la Unión Europea está aquejada de irrealidad, por múltiples razones. Sin dar la espalda al sur, México debiera profundizar su integración plena de Norteamérica. A más de tres décadas del inicio de la era NAFTA, el nuevo paradigma debería centrarse en impulsar y lograr la conformación de la Unión de América del Norte que permitiera la libre circulación de personas, mercancías e inversiones en la región. Este debería ser el gran objetivo geopolítico de México en el presente y los años por venir. Desde la plataforma de la política exterior, esa es la ruta correcta para empezar a construir el México Ganador que brinde oportunidades de prosperidad para todos.


Presidente de Alternativas por México
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