No hay un debate más recurrente, ni un nombre que genere más polarización en la afición mexicana, que el de Guillermo Ochoa. Con cada proceso mundialista, la titularidad en la portería se convierte en un campo de batalla mediático y, de cara al próximo Mundial, la historia se repite con un fantasma acechando el banquillo: El de Javier Aguirre.

Por si quedaba alguna duda, hay que decirlo claro: Al Vasco, sencillamente, no le gusta Memo Ochoa.

Y esta aversión no es una novedad, sino una constante histórica que dibuja un patrón muy definido.

El primer portazo se dio en el Mundial Sudáfrica 2010. En su momento de mayor madurez, Ochoa se quedó en el banquillo. Aguirre no dudó en darle la titularidad a Óscar Conejo Pérez, un movimiento que —si bien, se interpretó como audaz— hoy se suma a la lista de pruebas que confirman que Javier nunca lo ha visto como su primera opción.

La confirmación más reciente llega con el fantasma de Qatar. Y la historia, de nuevo, se repite.

Aunque no estuviera en el banquillo, supimos que la opinión de Aguirre en círculos cercanos era categórica: A él no le convencía el portero en turno, y de haber tenido la oportunidad, lo habría quitado de la titularidad en aquel proceso mundialista.

La realidad es que, incluso hoy, su postura se mantiene inamovible. Para el Vasco, Memo no es el portero de su absoluta confianza.

El problema no es un tema de talento, sino de una jerarquía ganada; no en la cancha, sino en los pasillos corporativos.

La conclusión es dura, pero evidente: Si Memo Ochoa termina siendo el titular en la portería durante el próximo Mundial, no será por una convicción inquebrantable del cuerpo técnico, ni por una superioridad futbolística irrefutable sobre sus competidores.

Será, simple y sencillamente, porque los patrocinadores tienen la última palabra. Sólo los grandes capitales y las marcas tienen la potestad de subir a Ochoa al 11 titular.

Y mientras el debate futbolístico se ahoga en estas intrigas, la Selección Nacional sigue secuestrada por decisiones que van mucho más allá del terreno de juego.

Que Ochoa esté en la portería del Tricolor es innegociable; sí, pero no para el entrenador, sino para la chequera de algunos directivos.

Al final, la Selección Mexicana no es un equipo de futbol, es un negocio que, de vez en cuando, juega partidos. Y en ese negocio, Guillermo Ochoa es la marca más rentable, un muro que no protege al arco de los rivales, sino al estatus de quienes controlan el balón desde afuera.

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