El racismo en el futbol no es sólo un problema, es una herida abierta e intolerable que exige una respuesta global mucho más contundente de la que hemos visto hasta ahora. La saga de Vinícius Júnior es la prueba irrefutable de que las tímidas sanciones y los comunicados con supuesto rigor ya no bastan.

El reciente episodio con Gianluca Prestianni en la Champions League, aunque fue abordado por el Real Madrid, con la presentación de pruebas ante la UEFA, se saldó inicialmente con una suspensión provisional que parece más una palmadita en la espalda que un castigo ejemplar.

No se trata de un simple “incidente”, sino de una agresión directa que socava la esencia del deporte. La investigación en curso debe culminar con una sanción que grite “tolerancia cero”, no un mero murmullo burocrático.

Este lamentable patrón encuentra su eco en el suceso del 21 de mayo de 2023, en Mestalla. La condena a ocho meses de prisión para los tres aficionados del Valencia, dictada en junio de 2024, es un paso vital, sí, pero es vergonzoso que tengamos que llegar a los tribunales penales para forzar la decencia en un estadio de futbol. Subraya una carencia fundamental de las propias estructuras deportivas para actuar con la firmeza necesaria y proteger a sus propios atletas.

El Deporte Global: Una Deuda Moral. El futbol, como fenómeno global, tiene una responsabilidad moral que se extiende mucho más allá de las líneas de cal. Es imperativo que la prevención del racismo y la violencia no sea un punto más en una agenda, sino la prioridad absoluta. La pasividad o la sanción leve son, en sí mismas, una forma de complicidad. El incumplimiento de los principios éticos no puede saldarse con penas de risa, debe significar la expulsión de por vida de los estadios para los infractores y la pérdida de puntos o el descenso para los clubes que no controlen a sus aficiones.

La respuesta de la FIFA, con su nuevo protocolo integral, es bienvenida, pero debe ser juzgada por su implementación y no solo por sus promesas.

Reglas y Sanciones. Necesitamos que la pérdida del partido no sea una opción, sino una certeza automática ante actos graves de racismo.

Acción en el Campo. El abandono total del compromiso no puede depender de la voluntad del árbitro o del jugador agredido, debe ser un mecanismo de protección innegociable activado por la propia autoridad.

Educación. Los programas deben ser obligatorios y constantes, atacando el prejuicio desde la raíz social.

La lucha contra el racismo es la lucha por la dignidad del deporte. Requiere la valentía incondicional de los atletas para seguir denunciando y la autoridad inflexible de las instituciones para castigar. Es hora de dejar de debatir y empezar a erradicar esta lacra de una vez por todas.

@Gusocalderon

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