En lugar de disfrutar el viaje y trabajar para que sea un éxito rotundo, nos enfocamos en el fracaso antes de que el primer balón ruede
El futbol, más que un deporte, es un reflejo de la sociedad. Y si observamos con detenimiento el espejo de nuestro balompié mexicano, lo que vemos es una imagen fragmentada, donde la pasión innegable se mezcla con una preocupante falta de visión y una ola de pesimismo que parece ahogar cualquier intento de mejora.
Uno de los pilares de nuestra Liga, la supuesta competitividad que otorga la presencia de extranjeros, se ha convertido en una espada de doble filo. No se trata de cerrar las puertas, sino de elevar el filtro.
Hoy, la Liga MX parece dispuesta a aceptar a cualquier jugador foráneo sin la exigencia mínima de que su calidad sea, incuestionablemente, superior a la del futbolista local.
Esta política no sólo le resta oportunidades al talento mexicano —obligándolo a esperar en la banca mientras ve a un extranjero de menor calibre ocupar su lugar—, sino que también diluye la calidad general del espectáculo.
La verdadera internacionalización exige excelencia, no sólo pasaportes distintos.
La experiencia en el estadio es otro de los grandes pendientes. Para muchos clubes, el aficionado parece ser un simple número en la taquilla y no el motor emocional y financiero del equipo.
Las instalaciones anticuadas, los servicios deficientes y la falta de comodidades básicas hacen que ir al estadio se sienta, con frecuencia, más como una obligación que como un placer.
¿Cómo podemos aspirar a ser una Liga de primer nivel si la experiencia del día de partido está tan lejos de los estándares internacionales?
El futbol se vive en el campo, pero se alimenta de lo que sucede en las tribunas. El ecosistema mediático que rodea al futbol también merece una reflexión.
Se ha instaurado una cultura donde el análisis constructivo ha sido secuestrado por la estridencia y la crítica destructiva.
En muchos espacios, la negatividad no sólo se tolera, sino que se celebra, volviéndose un camino fácil hacia el reconocimiento.
El que propone, el que intenta ver una luz al final del túnel, es silenciado o tildado de ingenuo.
Urge un cambio en la narrativa: Necesitamos menos ruido y más periodismo que señale los problemas, con el objetivo de encontrar soluciones, no sólo para generar rating.
Finalmente, el síntoma más claro de nuestro pesimismo es la forma en que abordamos el futuro.
Tendremos una Copa del Mundo en casa, un logro monumental que debería ser motivo de euforia y un punto de inflexión para el desarrollo de infraestructuras y talentos.
Sin embargo, lo único que se escucha es el coro de las quejas: Que la Selección Mexicana no sirve, que los estadios están mal, que la organización fallará.
En lugar de disfrutar el viaje y trabajar para que sea un éxito rotundo, nos enfocamos en el fracaso antes de que el primer balón ruede.
El futbol mexicano está en un momento crucial. Depende de dueños, directivos, jugadores y, sí, también de la prensa y los aficionados, decidir si queremos seguir viendo un espejo roto lleno de quejas o si es momento de tomar la sartén por el mango y comenzar a dar una imagen de un deporte digno de la pasión que le entregamos.
Dejemos de sólo ver lo malo y empecemos a construir lo bueno.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

