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El desafío más grande: no regresar a una normalidad de más cambio climático y destrucción ambiental

Gustavo Ampugnani

Seamos realistas: pidamos lo imposible. Esta era una de las consignas con la que los estudiantes franceses sintetizaban la profundidad de los cambios sociales que reclamaban hace más de 50 años durante las protestas que conocemos como el Mayo Francés. Ese movimiento y sus demandas fueron extendiéndose a otros países y relacionó a esa generación de jóvenes estudiantes de fines de la década del sesenta con la necesidad de un cambio en las pautas que hasta ese momento regían el devenir de la sociedad. Hoy necesitamos pedir lo imposible para crear una nueva normalidad.

En estos meses de confinamiento y suspensión de actividades productivas y económicas debido a la pandemia, se ha hecho más evidente de que el camino civilizatorio en el que estamos –sea impuesto o escogido deliberadamente- nos impide vivir en un mundo en armonía con la Naturaleza, más justo y con bienestar generalizado para los distintos sectores de la población. El modelo civilizatorio basado en la producción sin límites de bienes de consumo y el crecimiento económico sostenido es insustentable. Peor aún, se retroalimenta por medio de la publicidad llevándonos a  pensar qué somos en función de lo que tenemos o adquirimos y no de quienes somos como personas. Esta es la normalidad que nos tiene frente a una crisis ecológica brutal, de la cual el aumento acelerado de la temperatura del planeta y la pérdida de especies asociadas a actividades humanas no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Es hora de un cambio.

Tenemos el desafío inmediato de enfrentar la actual pandemia por coronavirus y sus consecuencias en la economía y el bienestar, pero con la misma urgencia debemos enfrentar el cambio climático y la pérdida masiva y acelerada de biodiversidad, pues son los grandes retos a los que nos enfrentamos actualmente y a los que se enfrentarán las generaciones venideras que tan poco han tenido que ver en las decisiones que se han tomado para que estemos donde estamos: récords de altas temperaturas año tras año, incendios forestales devastadores, derretimiento de casquetes polares, pérdida de hábitats y especies, toneladas de plástico ocupando los mares y océanos, incremento en los vectores de enfermedades infecciosas, etc. Todos estos síntomas  de un sistema cortoplacista roto,, fallido de pensar y hacer las cosas, que está obsoleto. 

A todo lo anterior se suma el hecho de que las medidas acordadas por los países para frenar dicha situación no dejan de ser paliativas e insuficientes para revertir el curso que llevamos. Por todo lo anterior desde Greenpeace insistimos en alzar la voz y demandar lo que para algunos puede resultar imposible: hacer las cosas diametralmente distintas y dejar de, aspirar a volver a la normalidad pre covid-19 en la que industrias y gobiernos se ponen de acuerdo para avanzar sobre los ecosistemas en la búsqueda de ganancias inmediatas o incremento de puntos de producto bruto interno (PIB) a costa de la devastación ambiental y el despojo territorial de comunidades y de sus derechos.

Lejos de ser mera retórica, la exigencia y demanda ciudadana es clara: queremos un mundo mejor para todas y todos dentro de los límites ecosistémicos de manera sustentable y sin violentarlos. Esa exigencia, con o sin pandemia, no debe dejar de ser radical, esto es, apuntar a la raíz de las causas que generan los problemas ambientales aunque a quienes se benefician del status quo no les guste.  

Quedarnos en el terreno de lo posible a la hora de demandar los cambios necesarios para frenar el cambio climático y la pérdida de biodiversidad nos desafía poco y resultará esteril. Porque lo posible es únicamente aquello que no afecte a los sectores productivos o de la economía quienes resultan ser los más contaminantes como el de los combustibles fósiles y sus derivados, la industria  automotriz, el sector agroindustrial y ganadero, la sobrepesca, el del turismo depredador en zonas costeras o selváticas, entre otros.

El momento disruptivo en el que estamos a causa de un virus del que nada sabíamos hace cinco meses, abre la puerta para pensar y realizar grandes cambios que nos alejen del camino por el que veníamos y coadyuve a construir una nueva normalidad, aunque nos parezca imposible. México requiere discutir y acordar una visión compartida de mediano plazo (2030) dirigida a reducir la dependencia actual de los combustibles fósiles(-petróleo, gas y carbón) que resultan en emisiones contaminantes que dañan nuestra salud y el planeta. El país requiere fortalecer el uso eficiente de la energía y  que el potencial solar del país tenga mayor relevancia para satisfacer las necesidades energéticas y sociales de manera justa y equitativa. La puerta para dejar atrás esta tóxica normalidad está abierta, solo nos queda dar el paso para atravesarla.  

Director Ejecutivo. Greenpeace México

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