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Un Moisés tropical

Guillermo Sheridan

Tan cristiano como es, a nuestro Supremo le irrita que lo comparen con el Mesías: no sólo es blasfemia, es un modelo infausto en tanto que sentó precedente judicial. Y es que, a fin de cuentas, el Mesías fue arrestado por el Gobierno Legítimo y llevado ante la Suprema Corte que, para aparentar bien el ajusticiamiento, optó por la consulta popular de democracia participativa.

Para realizar esa consulta popular, la Suprema Corte aquella redactó la pregunta: “¿Estás o no de acuerdo, o quién sabe, o chance sí, en que se comiencen a iniciar atisbos pertinentes con apego al marco para empezar a esclarecer si perdonamos o no al acusado Mesías por años pasados, o si mejor garantizamos la justicia popular y perdonamos a Barrabás, que es a toda madre y no es Mesías?”

Y claro, como el pueblo nunca se equivoca agarró y votó por Barrabás y el Mesías fue a dar al Gólgota y el pueblo se divirtió bastante con el espectáculo que tuvo bastantes efectos especiales.

Así que Mesías no. A quien el Supremo querría parecerse es mejor a Moisés: menos lírico pero más astuto, era el profeta de profetas, transformó todo para quedarse de Supremo que se murió a los ciento cincuenta años, nombró a su heredero y se fue al cielo enla espalda del Arcángel San Miguel.

Moisés era el Líder Moral de la tribu de los mexicanitas que estaba cautiva en el reino de los priyitas cuyo horrible faraón, Ordaz I, mandó aventar a los estudiantes al río Grijalba para que vieran quién mandaba. La mamá de Moisés lo echó al río, pero en una canasta básica flotante, y Carlos Pellicer, que andaba ahí nadando, lo encontró y lo llevó a Palacio, donde fue criado como un junior priyita hasta que supo la verdad.

Esa verdad se la dijo Benito Juárez, que se le apareció vestido de zarza ardiendo y le ordenó liberar a los mexicanitas del yugo priyita y regenerarlos nacionalmente para llevarlos a La Chingada, que es como se le dice de cariño a la Tierra Prometida.

Pero el faraón se opuso. Y entonces Benito Juárez le mandó 10 plagas horribles hasta que los dejó irse. Y Moisés dividió en dos al Periférico y condujo a su tribu por varios sexenios, entre plantones y desafueros, derrotando intelectuales orgánicos y correligionarios egoístas que adoraban al Becerro de Oro y querían poder y muchas casas y tenis lujosos, por lo que Moisés tuvo que asumir el poder judicial y publicar las Tablas de la Ley.

Y por fin llegaron a La Chingada, que resultó ser mejor que hasta el Paraíso Terrenal: su clima es atemperado, la fértil tierra avienta géiseres de petróleo y agua de guanábana, y pasan trenecitos y hay trapiches y del cielo llueve maíz sin glifosato y la gente ama al prójimo y nadie miente ni engaña ni traiciona y el pueblo tiene una grandeza milenaria que asombra al mundo entero y nadie quiere investigar nada ni pensar nada y nadie aborta ni come chatarra y los jóvenes bailan la guelaguetza y todos leen todo el día los libros del Profeta y edifican sus almas y purifican su espíritu.

Y ahí está Moisés en su trono, bajo una caoba milenaria en medio de La Chingada, observando amoroso al pueblo, con Leona Vicario, higiénicamente desprovisto de apetitos y ambiciones, sin burgueses ni tiendas de ropa ni joyerías, ni nada que distraiga de la única tarea importante que es ser feliz y acudir a escuchar al Profeta sentado en su trono bajo la caoba, emitiendo sermones mañaneros, transformando al mundo.

Y si a alguien no le gusta, siempre podrá decir que fue al Sinaí y que Dios le dio unas nuevas Tablas de la Ley…

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