Un fin de año con Ramón

Guillermo Sheridan

Naufragado por una gripa sospechosa (¿cuántos negativos hacen un positivo?), cometo fin de año en soledad precavida, en triste brindis con unos nuevos bohemios, Paracetamol y Fenilefrina, bastante tediosos.

Pero también cerca de mi paciente biblioteca que me deparó, por azar, una coincidencia: me puso en las manos mi vieja edición de las Obras de López Velarde, las que José Luis Martínez editó en 1971 para conmemorar medio siglo de la muerte de ese vivo poeta. Y como, presionado por la efeméride, dediqué un tiempo de 2021 a revisitar su poesía, me abrigué ahora para reabrir la prosa.

Y ocurrió algo curioso: abrí el volumen en “La última flecha”, una prosa de El minutero que, con precisa prestidigitación, trata del arte que consiste en cruzar el tenue lindero entre los años que cambian. No dejó de conmoverme que mi viejo amigo Ramón se hallase tan atento a mis circunstancias… Pero, ¿acaso un poeta preferido no es una suerte de alma paralela?

Es un escrito hermoso y complicado (¿cuándo no?). Vislumbro al poeta en soledad, en la melancolía inherente al año claudicante, evaluando con escrúpulo los extraños movimientos de su alma bipolar. Evoca para empezar a Sagitario, el centauro arquero que, desde su morada zodiacal, baja el telón final del año disparando sus flechas: mientras van cayendo los minutos postreros, Sagitario “tapa el sol con la trepidante cortina de dardos”, y guarda en el carcaj una última flecha contundente, la final flecha cronométrica que consuma y consume al año. Y cuando esto ocurre se enluta “un sector del alma”. (Entre tal melancolía, no deja de ser gracioso que López Velarde proponga que el alma tiene sectores, como si fuera un desarrollo urbano.) La algarabía que da la bienvenida al año mocoso apenas esconde el breve luto numeral.

La vejez, dice, “es una sombra de flechas”. Los viejos viven (vivimos) siempre en diciembre y medimos tanto con la flecha del segundero, como con las del carcaj de Sagitario, el último día del año-vida, mientras “los inocentes, degollados, teñirán de tragedia su arco sin estrenar”. Triste cosa.

Los de mediana edad, en cambio, ante el cambio del año, corren con mejor suerte (que el poeta explica con inclusión de género): “Quienes apuntamos —centauros o amazonas— a media carrera, vemos en el cielo un hemiciclo, enfrente de nosotros, cuyo azul será desflorado por el tiro que siga. Tal vez la cumbre de la vida nos da, como sensación principal, la de nuestra situación entre dos firmamentos: uno carbonizado y otro flamante, como casulla de abril. Y ante el seguro temor de que el carbón se propague a la casulla, quisiéramos fijar el tiempo desbocado, como se fija un corcel, por la brida, en un tronco; y entregarnos a lo estacionario, a lo anodino, o, cuando más, tomar dosis homeopáticas de ironía y de emoción, de piedad y de licencia”.

Vivimos pues, centauros y amazonas, flechando cada hora y, una vez al año, flechando al año mismo, hasta verlo morir entre uvas y campanadas. López Velarde conmina a sus lectores “a que escuchen el vasto e indomable del año que agoniza”. Ante la muerte anual, “hemos sido suicidas y seguiremos siéndolo”, pues “sólo los inmortales no se suicidan”. Todos “nos gastamos sin remedio, por más que la divinidad nos penetre”; todo lecho se acelera hacia el sepulcro.

Y concluye: “Nuestra última flecha será milagrosa, porque seremos tan veloces que alcanzaremos a dispararla y a recibirla, desempeñando, en un solo acto, el flechador y la víctima”.

Que 2022 nos conceda buena puntería…

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