Las discusiones sobre la llamada “ciencia neoliberal” y la imperiosa necesidad de acabar con ella y sus designios infames elevan su resonancia en los ámbitos académicos y políticos de la infectada Patria. Como es bien sabido, la ciencia no le es grata al Máximo Vocal del pueblo: sólo debe servir para escarbar pozos petroleros, algo que ni siquiera requiere de “gran ciencia”.

El desprecio a la ciencia también parece formar parte de la nostalgia que siente el Líder Supremo por los años 30, su ánimo por volver al momento en el que la revolución triunfante, ya convertida en partidazo político, se rebeló contra una Constitución que, demasiado democrática, liberal y capitalista, impedía una revolución más colorada y sustantiva y, ahora sí, redirigirla al pueblo.

Parece echar de menos el instintivo desprecio a la clase media y a las leyes del mercado, tan conservadoras ambas; a la forma en que se manifestaba en los altos púlpitos republicanos, lo mismo que el odio a las artes y a las letras y al periodismo, a la clase media y, claro está, a la ciencia conservadora que, según los ideólogos febriles, le daba la espalda a las necesidades legítimas del pueblo. Y parece echar de menos a los ideólogos que instrumentaban esas pasiones, como Narciso Bassols, paladín de la “educación socialista”, a quien tanto estudia.

Y parece revivir la querella sobre la “ciencia neoliberal” y, con ella, al nunca suficientemente obrero Vicente Lombardo Toledano.

En 1933, ya director de la Escuela Nacional Preparatoria, Lombardo juzgó que la universidad tiene como deber único “orientar el pensamiento de la nación mexicana”, y que “el régimen de transformación” obliga a profesores e investigadores, “en el terreno estrictamente científico”, a dedicarse “a la substitución del régimen capitalista por un sistema que socialice los instrumentos y medios de la producción económica”.

Esa era la verdadera ciencia, la que se aplica exclusivamente a estudiar “nuestro territorio”, a entender “las características biológicas y psicológicas de nuestra población” y a convertir “nuestro régimen de gobierno” en un sistema “que mejore las condiciones económicas y culturales de las masas hasta la consecución de un régimen apoyado en la justicia social” (que, huelga decirlo, sería muy nuestro).

Parte esencial de tanta nostredad sería acabar con la ciencia burguesa, a la que opuso una “revolución de la enseñanza”, una “universidad libre” que subordinaría el conocimiento a la técnica; que abandonaría los laboratorios “para ir a las fábricas, a los centros de producción en donde las leyes científicas tienen una aplicación verdadera”. No debían los jóvenes perderse en teorías, sino ir a la estación de trenes donde advertirían que el único fin de la ciencia es “cumplir en la sociedad humana transformándose en bienes útiles con los que la vida se hace posible”.

El liberal ingeniero Jorge Cuesta, tan reaccionario, reaccionó argumentando que no hay nada más hostil y extraño a “los objetos de la ciencia” que una fábrica y que la técnica industrial y utilitaria es lo más opuesto a la precisión de las leyes científicas: “la técnica industrial es una depravación de la ciencia”. Decía: “el objeto de la ciencia es teórico o filosófico, el de la técnica, empírico y popular”. Fabricar un trapiche tiene el mérito de no haber necesitado ni ciencia ni científicos para ser un buen trapiche.

Le preocupó a Cuesta que el desprecio de los políticos a la ciencia se contagiara a los estudiantes. Si no se necesita mayor ciencia para construir “estaciones de ferrocarriles”, ¿para qué pensar científicamente? Confundir a la ciencia con la eficiencia social, pensó, inutiliza a la ciencia, la convierte en una religión utilitarista que atentaría contra el carácter laico de la universidad…

Lombardo, claro, entró en un conflicto con la UNAM —que para él y otros estaba en manos de la “reacción”— que culminó en el famoso debate con Antonio Caso, cuando fustigó a los científicos e intelectuales reaccionarios que obstaculizan “el cambio de régimen”, esos que “se creen espíritus libres”, esos liberales “terriblemente conservadores, retardatarios, inertes…”

Fuera de la “torre cerrada” de la UNAM fundó su Universidad Obrera, que hacía y enseñaba ciencia popular, formaba líderes sindicales y tenía un laboratorio de investigación dedicado a Pavlov (es en serio). El modelo de la “universidad pueblo” que ahora se multiplicará 100 veces…

Google News

TEMAS RELACIONADOS