La semana pasada la presidentA Sheinbaum inauguró otro “Paseo de las heroínas”: media docena de estatuas que representan a las mujeres indígenas que nos dieron patria, para ilustración de los niñitos y alegría de los paseantes. Y también para equilibrar la memoria, pues las otras efigies del Paseo de la Reforma son por lo general héroes varones que, viendo amenazado su monopolio, ya se aprestan a cometer machismo o violencia escultural de género.
Como ya es uso y costumbre, las asesoras espirituales de la presidentA volvieron a insultar a Octavio Paz, pues no logran reunir la inteligencia suficiente para entender que ese poeta no llamó a la Malinche traidora ni “la chingada”, sino que se preguntó por qué lo hacía el Pueblo y propuso una respuesta entre muchas. Nada que hacer. La asesora espiritual Jesusa declaró ante la presidentA y el Pueblo sabio que la verdadera hija de la chingada era “la élite intelectual” de México. Pues sí.
Más allá de ese fervor, me cayó bien enterarme de que una de esas seis mujeres elegidas, ya en asamblea o ya por acordeón, es nuestra ancestra la Sra. Tecuixpo Ichcaxóchitl, dama de la que tenía yo noticia por Conquista, el grandioso libro de Hugh Thomas, y porque López Velarde la menciona de pasadita.
Si la Malinche es mito, Tecuixpo es historia. Más conocida con el nombre de Isabel Moctezuma, Tecuixpo era la hija favorita del emperador, quien la casó a los 10 años de edad con Cuitláhuac, que se murió, por lo que a los 11 la casaron con Cuauhtémoc y con él vivió la conquista y quedó viuda de nuevo. Lord Thomas calcula que Hernán Cortés también se “casó” con ella, ya reprocesada como Isabel católica, aunque “sólo de palabra, no de hecho”, y que tuvieron una hija llamada Leonor.
Luego Cortés le regaló a la ya bautizada Isabel a un amigo suyo, Alonso de Grado, que había hecho fortuna maltratando indios y evadiendo impuestos. Viuda de nuevo, Isabel se casó entonces con Pedro Gallego de Andrade, que la dejó viuda también, y luego con un tal Juan Cano, que administraba cárteles inmobiliarios en Tacuba, donde estaba la encomienda de nuestra ancestra, la más grande del Valle de México, y a cuyos esclavos dispuso liberar.
La cinco veces viuda Tecuixpo procreó seis hijos e hijas que prefirieron vivir en España y perpetuaron el apellido en postineras casas reales europeas, cruzando el Moctezuma con apellidos como Estuardo, Orleans y Miravalle.
Lo bueno es que, como ha explicado el historiador Rodrigo Martínez Baracs, Tecuixpo “fue vista por los indios como reina de México y encarnación de la Diosa Madre: Tonantzin, Cihuacóatl, Ilamateuctli, Xochiquetzal, etc.”, y no sólo eso sino que, por llamarse también Miahuaxóchitl, la vinculan con el dios del maíz, la fertilidad y el ciclo cósmico de la muerte y la vida, como la Virgen María, de quien Tecuixpo era devota.
Por otro lado, no faltará quien, por no haberse casado nunca con un indígena plebeyo, podrá acusarla de clajita, rajita y fajita, así como de europeizante, ricachona, corrupta, aristocratizante y aspiracionista, si no es que hasta de sospechosa viuda negra, y de encarnar todos los defectos humanos que, sin distingo de género, enumera el “Humanismo mexicano” del MoReNa.
Así pues, al levantarle monumento, ese movimiento mexicano que, sostenido por el pueblo, está cambiando al mundo, evidencia su apertura y tolerancia a lo diferente. Lo malo es que en la base de la estatua solo dice Tecuixpo, sin el Isabel que ella prefería. Lo bueno es que ya está formalmente prohibido acusarla de malinchismo…

