Somos obvios: Manzanero secreto

Guillermo Sheridan

A Manzanero le vino naturalmente ser más un crooner de los años sesentas que un charro endémico

El compositor Armando Manzanero transitó a la gloria eres tú y la Patria diamantina se sintió muy afectada. “Fue un poeta”, declaró sumariamente el gobierno al coronar de laureles tricolores a quien logró articular alguna vez el breve verso “No sé tú”, definitiva cuanto apretada respuesta mexicana a las extensas disquisiciones con que, sobre la naturaleza del amor y el erotismo, nos inundan los extranjeros colonialistas. “He aquí La divina comedia.” “¿Te cai? Pues he aquí “No sé tú”.

Me caía bien el señor Manzanero. Un compositor que desde joven, hijo pródigo, traicionó todo lo que se habría esperado de alguien de su estirpe: un yucateco de origen humilde y campirano que, a pesar de haber crecido hablando maya, eligió una música urbana, clasemediera, cosmopolita y moderna (todo lo que el actual régimen considera nefasto). Un compositor que optó sin titubeos por tonos y tonalidades contrarios al caricatural nacionalismo con su estricto catálogo de credos y signos y modos. A Manzanero le vino naturalmente ser más un crooner de los años sesentas que un charro endémico; ser más un baladista bisbiseante de la intimidad esperanzada que otro macho trepidante atascado de alcohol y pólvora y despecho.

El de Manzanero me parece un arte involuntariamente simpático. Calculo, desde luego, que cuando Gabriel García Márquez lo declaró “uno de los más grandes poetas de la lengua castellana” estaba jugándole una broma a su amigo Álvaro Mutis, que sí lo era, y a algunos otros poetas con quienes no simpatizaba.

Ahora que se entonó el oficio de difuntos, se me aparecieron algunas de las letras con que acompañaba Manzanero sus arrullos eróticos. A fe mía que son intrigantes.

Una muy curiosa es la que se titula “Somos novios”, curiosa propedéutica sobre los goces y penas del fervor amatorio que se gradúa a promesa de connubio. Los novios son una entidad cuyos (mínimo) dos participantes sienten por el otro no un amor baladí, ocasional ni fortuito, sino aquello que se llama “amor profundo”. Este amor debe ser “limpio y puro” y así mantenerse, salvo cuando los novios procuran “el momento más oscuro”, cuando sucede algo extraordinario: mientras se están dando mutuamente “el más dulce de los besos” sufren una intrusión botánica que los lleva a “recordar de qué color son los cerezos”, así en masculino, porque “las cerezas” se habría prestado a interpretaciones arriesgadas que no vienen al caso, aunque sí vengan.

Otro poema formidable es “Por debajo de la mesa”, una balada de título osado pero no anómalo en un poeta siempre dado a identificar el deseo con lo clandestino. Pues bien, ahí “por debajo de la mesa” ocurre otro misterio: “acaricio tu rodilla”. Bueno, es raro en tanto que habrá consenso en el sentido de que la rodilla de una dama francamente no tiene excesivas credenciales como zona erógena.

¿Por qué no dijo “muslo”? Pues porque no rima con “maravilla” y porque la “pantorrilla”, que sí lo hace, queda relativamente lejos para manosearla sin que se note. Lo más curioso es que, harto de fajarse a un hueso, el poeta (que era de estatura breve) se instale entonces íntegro bajo la mesa donde “respiro de tu boca, esa flor de maravilla” (¿flor de cerezo?), un acto desenfrenado que lo lleva a proponerle a la dama ya de plano mejor irse al “rincón de mi guarida”, donde por fin se consuma un coito cósmico durante el cual el cantautor proclama: “¡Me absorbes el espacio! ¡Despacio me haces tuyo!”

Somos obvios...

@GmoSheridan

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