La actual bronca venezolana arranca desde que Theodore Roosevelt le agregó famosamente a la doctrina Monroe un corolario famoso: el que advierte que los Estados Unidos de América (EUA) se reservan el derecho de expulsar del continente a las fuerzas políticas de otros. Cualquier intento europeo por intervenir en los países de América sería interpretado como una agresión. A nuestro Líder Supremo, el obrador odiador de España, esa parte de la doctrina Monroe le habría encantado.
Hubo muchos latinoamericanos que celebraron la doctrina, incluyendo al libertador Simón Bolívar, que la vio como un disuasivo a la fantasía española de reconquistar los países que él andaba liberando. Eso no impidió las invasiones: Inglaterra se apoderó de las islas Malvinas y España recolonizó Dominicana; antes que Benito Juárez, y antes de invadirnos, los EUA denunciaron los planes franceses para apoderarse de México; Inglaterra defendió a su Guyana caribeña contra la anexionista Venezuela, que quería hacerle a Guyana lo que ahora EUA le hizo a Venezuela, etc.
Y en 1898, claro, EUA ayudó a Cuba para expulsar a España, a la que le compró después Puerto Rico, y formalizó al continente como su zona de influencia, por lo que Roosevelt habló suavecito y sacó su gran palo (su big stick, pues) y decretó que los EUA se arrogaban el derecho a intervenir en cualquier país americano que se portara mal “de forma crónica y flagrante”. La doctrina que ponía límites a Europa terminó quitándoselos a los EUA para hacer lo que le viniera en gana en Honduras, Panamá, Nicaragua, Guatemala, protegiéndolos a balazos o poniéndolos bajo la tutela de dictadores cada vez más fársicos y fideputas (siempre y cuando fuesen sus fideputas).
La Doctrina Monroe, obviamente, molestó mucho a los latinoamericanos, como al nicaraguense Rubén Darío, que en su Oda a Roosevelt declara a los EUA “el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, mientras que Roosevelt es “un profesor de energía” que diseña porvenires a balazos. Los EUA juntan “al culto de Hércules el culto de Mammón” (es decir, que adulan la fuerza y el dinero) y su estatua de la Libertad en realidad alumbra “el camino de la fácil conquista”, como acaba de verse ahora.
En cambio, “la América nuestra” tiene poetas “desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl”, ama el placer como Baco, sabe leer el cielo, pasea por la Atlántida, le aprende filosofía a Platón y “vive de luz, de fuego, de perfume, de amor”. Es la América de Moctezuma, la de Cristóbal Colón; una América católica y española (Darío era medio colonialista y medio clajita, rajita y fajita y heteronormativo y blanquitudinal).
Así que cuídense los EUA, los “hombres de ojos sajones y alma bárbara”, pues nuestra América vive y sueña y ama y vibra: somos los “mil cachorros sueltos del León español”, y para “tenernos en vuestras férreas garras” necesitarían un insumo del que carecen: “¡DIOS!” (a menos que su actual presidente fosfórico se autoproclame dios cualquier día, y listo).
Y ahí es donde los latinos ganamos sobradamente, pues nosotros tenemos una cabal y comprobada sobreproducción de barriles de dioses: unas genealogías celestiales sacadas del subsuelo que aterrizan en la América Latina y se ponen guapos, de Santa Anna a don Porfirio, de Anastasio Somoza a Pinochet, de Rafael Trujillo a Fidel Castro y de Chávez a Nicolás Maduro y a Daniel Ortega, y hasta nuestro propio Líder Supremo que aún anda en el umbral de la divinidad…

