Pellicer: una carta del poeta carpintero

Guillermo Sheridan

Paz quiso mucho (¿quién no?) a Pellicer. Lo conoció en San Ildefonso en 1931, cuando era maestro preferido de su generación y les enseñaba quiénes eran Villaurrutia, José Gorostiza y Jorge Cuesta

Celebramos el aniversario 125 del nacimiento de Carlos Pellicer, alto poeta. Conviene leer su poesía, secreta e impetuosa. Conviene leer los ensayos nutritivos que le han dedicado Villaurrutia, Octavio Paz y Gabriel Zaid. En fin, que sería deseable que la efeméride no fuera del todo expropiada por el agradecimiento que le debe El Supremo transitorio. 

Paz quiso mucho (¿quién no?) a Pellicer. Lo conoció en San Ildefonso en 1931, cuando era maestro preferido de su generación y les enseñaba quiénes eran Villaurrutia, José Gorostiza y Jorge Cuesta y los recibía en su azul casa de Las Lomas. 

En 1937, elegidos por Alberti y Neruda, Pellicer y Paz viajaron a Valencia para representar a la poesía mexicana en el combate antifascista. Se divertía Paz evocando la tarde en que Pellicer causó estragos por contarles a los soviéticos que veía a Trotsky en México, que lo encontraba magnífico y que, a su parecer, era el mayor “agitador político” que había habido desde San Pablo. Los estalinistas enfurecieron y Neruda le dijo a Paz que había que “vigilar a este poeta católico porque nos van a fusilar por culpa suya”. En un momento significativo, Pellicer y Paz votaron en contra de la moción de censura a André Gide por haber criticado a la URSS…

En su primer ensayo sobre él, en 1941, Paz lo declaró “el más rico y vasto de los poetas mexicanos contemporáneos”. Era un poeta solar que consigue poner “un aire de nacimiento en todo lo que toca”. Ese fervor esencial es el que Paz elige guardarse de este poeta al que, escribe en 1955, lo mueve una “fe elemental de carpintero” hecha de “fidelidad al Creador” y del “sentimiento franciscano de la hermandad”; un poeta que no es un intelectual ni un teólogo: “Pellicer no razona ni predica: canta”. 

En 1963, en un momento delicado de su vida íntima, Paz encontró en Pellicer un apoyo a su sobrevivencia: está en Afganistán (donde era embajador concurrente) y acaba de separarse de su amante, Bona de Pisis. Cuando siente que todo se colapsa, aparece el espíritu de Pellicer, que “me enseñó que la naturaleza, en su indiferencia, nos cura de esa falta o vacío que es el centro de nuestra conciencia”.

Paz escribió un poema alusivo (“Felicidad en Herat”) que le dedicó a Pellicer y le envió de inmediato a México, junto a una postal con los Budas de Banyam (que luego volarían los talibanes). Pellicer le respondió una carta encendida en la que dice que el poema “me gustó muchísimo”. Comenta que, releyendo “El arco y la lira”, ha caído en la cuenta de que “por primera vez, un gran poeta nuestro —tú— lucha públicamente con el ángel”, vaticina que un día le darán el Nobel, “y lo tendrás porque lo mereces”. Le dice que él prefiere “la cruz de madera” de Cristo a la higuera de Buda, y que opone a su metafísica “al joven carpintero que vivió como gente entre la gente”. 

Luego le narra que “Acabo de regresar del Amazonas. Sus peces más notables tienen apenas unos cuantos centímetros. Son como joyas arrojadas al agua por un rencor desconocido.” Y apenas de regreso, ese poeta que solía contar con variados apoyos para recorrer el mundo, anticipa el siguiente viaje: “Me regalaron el dinero —¡cuánta generosidad!— para viajar al Oriente. Pero complicaciones de trabajo me lo impiden por ahora. Iré, si Dios permite, el año entrante.”

Y finalmente Pellicer se despide, diciéndole a su antiguo discípulo: “Cuida tu corazón. Naciste para la belleza y para la inteligencia, y la Gloria. Recibe la admiración de tu pobre amigo Carlos Pellicer.” 

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