Según el Primer (y único) Mandatario, se negó a recibir a la caravana por la paz convocada por Javier Sicilia y la famila LeBaron para “no hacer un show, un espectáculo. No me gusta ese manejo propagandístico”.

Que no le guste “ese” manejo implica que, en materia de propaganda, sí le gustan otros: los suyos, aquellos manejos en los que brilla su Primer (y único) Fulgor. Qué cosa tan rara de decir, viniendo del Presidente más “espectacular” que ha tenido la patria; de un señor que hace espectáculos y shows frenéticamente, que ha hecho de su exhibición pública un estilo y una política; de un señor que se hace cantar baladas de amor o vestirse de beisbolista y cometer jonrones a modo.

Luego se entendió mejor: “Tengo que cuidar la investidura presidencial. Como decía Ruiz Cortines, ‘no soy yo, es la investidura’”, explicó. “Si de repente se altera alguien, hay un exabrupto, es el Presidente de México, es una institución, es el que representa a todos los mexicanos y tengo que cuidar esa investidura porque en otros casos ha habido excesos. ¿Para qué exponernos?”

El Investido se previene de un riesgo insoportable: que personas a quienes les han matado a sus hijos puedan “alterarse” o cometan un “exabrupto” frente a la majestad de su investidura sacrosanta. No parece darse cuenta de que a las víctimas de la violencia, los asesinos ya les alteraron y exabruptearon absolutamente todo. Sería, le parece, poco republicano, ofensivo a la “institución” que es Él, una que ahora resulta que debe estar atenta a las formalidades que le normaron sus honorables predecesores en el cargo.

Me parece obvio que aquello a lo que El Investido llama “exabrupto” y “show” es al profundo horror que le provoca que Sicilia sea un creyente en el “beso de la paz” (un muy vetusto ritual cristiano). Es un ritual que Sicilia acomete —desde la pena de su tragedia— con una efusividad equivalente a la energía de su fe, una tan grande que no se inhibe ante los mofletes de los peores politicastros. (Son los más sucios, por eso hay que besarlos más fuerte.)

Pero al actual Investido —súbita prima donna que no quiere que un metiche le estropee su “show” institucional—, que lo bese un hombre le parece un agravio a la “investidura presidencial”, cosa al parecer tan frágil e insegura que se resquebraja si la besa un hombre. Con lo que simplemente no puede, al parecer, es con la idea de que lo bese un hombre en público: una “alteración” que pondría en entredicho la potencia tricolor de la fálica “Investidura Presidencial”. Que lo bese Sicilia (que no es gay) parece generarle tal terror que lo ha convertido en afrenta al Estado.

Y… ¿podría haber sido de otro modo para un Máximo Líder que no osa enfrentar las exigencias de la comunidad LGBTT, excluida de la categoría “todos los mexicanos”?

El Investido Institucional es un probado varón de selectos exabruptos. Le encanta ser sahumeado, santificado, bendecido, manoseado, sobado, codeado, alabado, sombrereado de flores, bastoneado de mando, disfrazado de torta, limpiado de incienso, chamaneado, convertido en vehículo de ritos que hacen de él fertilizador de las cosechas, multiplicador de los peces y los panes, chambelaneador de las flores del ejido.

Y no sólo lo tolera, sino que lo propicia y, obviamente, lo disfruta.

Y no deja de ser curioso que el mismo señor que se puso de rodillas entre una nube de copal para decorarse solemnemente con su “investidura”, abomine ahora de los exabruptos. Ni que lo diga un Investido que celebra sus propios grisáceos chistes con unas carcajadas trepidatorias, sinceramente exabruptas y francamente alteradas, que retumban por el Zócalo provocando inquietud sobre el estado que guarda la nación.

Sicilia argumentó: “La investidura presidencial no es para guardarla en una urna, es para que acoja a la nación entera, y sobre todo el sufrimiento de los más desesperados, que son las víctimas, y a la nación entera, porque el sufrimiento de ellos es el sufrimiento de toda la nación. Para eso sirve la investidura, no para guardarlas en vitrinas”. Tiene razón.

Pero no hay nada que hacer. Quizás cuando se agote la distribución de la “Cartilla moral” y el pueblo ya esté debidamente moralizado, convendría que el Investido ordene al FCE un tiraje masivo del “Manual de Carreño”, con un nuevo capítulo sobre el debido respeto a la “Investidura Presidencial” que explique la censura a los “exabruptos” y las “alteraciones” de las gentes que hacen “show” sin permiso.

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