La semana pasada me referí a la compulsiva apropiación que ha realizado el MoReNa de la nacionalidad mexicana, que es “extraordinaria” y es la mejor del mundo. Es difícil saber si este mantra surge de un delirio de GRANDEZA o de un complejo de inferioridad, si bien suelen ir de la mano.
Esto es herencia directa de El Supremo priísta que renovó en su MoReNa el nacionalismo exasperado y el combate contra los enemigos, sobre todo los internos. Ese Supremo continúa colgándole del cuello a sus ejércitos guindas la medalla de oro en una imaginaria olimpiada del patriotismo. ¡Como México no hay dos!, berrean los charros luego de visitar todos los países del mundo y constatar nuestra superioridad con una metodología de pulque.
Llevamos un siglo tratando de entender nuestro nacionalismo, esa idolatría incestuosa. Hace 100 años hubo quienes detectaron en el nacionalismo una forma de la misantropía, una forma de apagar la inseguridad cultural vistiéndola de china poblana. Jorge Cuesta argumentó que a los predicadores de nuestra grandeza “no les interesa lo humano, sino lo mexicano”, a diferencia de los europeos que no ven en su cultura una nacionalista excepción de lo humano.
¿Qué hacer? Inventar el “humanismo mexicano”, esa infodemia que nacionalizó lo humano. Un nacionalismo humanitario que somete al inseguro mexicano a la idea de nación que el Estado elige e impone arbitrariamente. Glorificar desfiles de muertos es un vivo humanismo vivo, pero sólo si las calaveras parodian la ficción foránea de lo mexicano que venden las guías de turistas: el típico nacionalismo de exportación sin tarifas.
Alfonso Reyes también desacató la consigna del Estado revolucionario (hoy transformativo) que imponía modelos, temas, imágenes y discursos nacionalistas revolucionarios. Hace 100 años la verdadera grandeza abarcaba cinco siglos de artes, letras y ciencias de todo un país, simbolizada por el fascinante encuentro entre el barón von Humboldt y Manuel Tolsá a la sombra de “El Caballito”, como lo narra espléndidamente Jorge Aguilar Mora en sus Sueños de la razón.
Hoy los modelos identitarios se han reducido a lo que el Estado llama “las culturas originarias”, un ámbito de tal pureza que fuera de él lo que resta de México es irrelevante: son lo extraordinario dentro de lo extraordinario. Si con el PRI queríamos ser mexicanos antes que humanos, ahora son las “culturas originarias” las que tienen que dejar de ser humanas para ser sólo mexicanas.
José Emilio Pacheco pensó que el nacionalismo es una exaltación de lo peculiar esencialmente conservadora en tanto que “excomulga toda orientación renovadora, todo esfuerzo que busque lo universal”. El nacionalista es el turista de sí mismo. Monsiváis aborreció el “nacionalismo exasperado al margen de los símbolos y la declamación patriótica” que ahora monopoliza el Ejército en cada ceremonia tricolor en el Zócalo ante la “compañera presidenta”; esa “apoteosis del nacionalismo como idea sedimentadora de la experiencia nacional, del despliegue cultural y las luchas despiadadas para monopolizar la violencia legal”. En resumen, el “Orgullo mexicano” le parecía una “entidad fantasmagórica” que se transforma “en rituales de autocompasión y en una afligida y divertida conciencia nacional que oscila entre el orgullo y el desamparo”.
Y desde luego Octavio Paz, que reivindicó como Reyes y Cuesta la obligación que tenemos los mexicanos de hacernos las preguntas que se hacen todos los humanos en todo el mundo, para de ese modo lograr ser “contemporáneos de todos los humanos”. Y no extraordinarios…
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