Más sobre el plagio del universitario Gertz

Guillermo Sheridan

Carezco de abogados potentes y secretarios eficaces, y estaría en desventaja si me dirigiese al fiscal Gertz; no si me refiero al universitario

Comentaré la “Réplica” que el universitario Alejandro Gertz Manero envió a EL UNIVERSAL con relación al plagio que señalé hace una semana en esta columna. Lo hago en el entendido de que entre pares académicos y miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) conviene argumentar razonablemente. Carezco de abogados potentes y secretarios eficaces, y estaría en desventaja si me dirigiese al fiscal Gertz; no si me refiero al universitario que invirtió 10 años para demostrar serlo, combatiendo al SNI y al Conacyt con oficios y contraoficios, demandas y amparos, fojas y fajas. 

Esa “Réplica” se limitó al editorial que publicó EL UNIVERSAL, “Plagiador favorecido”, y en especial a su señalamiento en el sentido de que no dio “crédito a dos biógrafos anteriores”. La “Réplica” argumenta que sí dio ese crédito, en tanto que los dos libros saqueados figuran en la bibliografía del libro saqueador. Acto seguido, mi colega se declaró “víctima” de “difamación”. 

La argucia ocultó así el asunto de fondo, a saber, que su libro Guillermo Prieto (biografía) es una transcripción casi literal de libros ajenos, más allá de que los registre la bibliografía. El universitario argumenta que al registrarlos ahí ya se está “reconociendo la aportación de tales investigadores”. Pues sí, pero no es ese el problema, como lo sería asaltar a alguien diciendo su nombre en voz alta para reconocerle su aportación: la víctima es el asaltado, no la metodología del asaltante

En su “Réplica”, el universitario Gertz optó por no mencionarme como autor del señalamiento original, ni tampoco refutarlo. Esto, que puede leerse como una claudicación a su veracidad, ya es un avance hacia una verdad que sólo culminaría si un jurado imparcial cotejase los libros y emitiese un juicio objetivo. De tal juicio dependería la permanencia del académico Gertz en el SNI, en tanto que la originalidad es la primera condición para ser investigador nacional, como lo dispone su reglamento. Y aquí hay una falta de originalidad que fue detectada en su momento por una comisión evaluadora que hizo bien su trabajo, como lo saben el académico y la directora del Conacyt… 

Pero lo delicado del asunto es precisamente el agravio a esas comisiones evaluadoras que ha emprendido la directora del Conacyt y que pone al SNI en un entredicho moral. El Sistema que cuida y propicia la inteligencia científica de México, de suyo debilitado por las políticas académicas y financieras de su directora, juzga de subjetivas y parciales a las comisiones evaluadoras que en su momento dijeron “en esta obra hay plagio”. Y las substituyó para todo efecto —con tal de meter al SNI a un aliado político— con una “comisión especial” que dijo “esta obra es original y notable”. 

Una contradicción parecida es que la “discriminación” que Gertz dijo sufrir consistió en que, a su parecer, el SNI era injusto con los académicos de universidades privadas como la suya (la hoy policiaca Universidad de las Américas). De ahí que “el Conacyt de la 4T” ordenase hasta modificar los reglamentos del SNI para combatir mejor a la discriminación, basándose en la que sufrió ese académico por laborar en una universidad privada. La contradicción es que lo hiciera justo cuando expulsaba del SNI a todos los investigadores de las universidades privadas. 

La congruencia y la solvencia moral del Conacyt de Álvarez-Buylla queda en ridículo, pues le repara a un poderoso un daño sufrido a la vez que daña y hace sufrir, por el mismo motivo, a miles de no poderosos. 

(¿Continuará…?) 

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