La orden de activar a la UNAM

Guillermo Sheridan

El desdén de AMLO hacia la UNAM y demás universidades públicas se agudiza hoy, pero dista de ser nueva. Lleva lustros acusando a esas malvadas de maltratar jóvenes por negarles el ingreso: “en mi gobierno no habrá rechazados”, dijo siempre. Los exámenes de admisión indican que las universidades públicas prefieren a los estudiantes cuyo desempeño pronostica que invertir dinero en ellos será bueno para la Patria. Y quien no lo logra es un “rechazado”, palabra que AMLO asocia con una injusticia externa, no con el rechazo de uno mismo que comete quien no se esfuerza.

Ingresar a la universidad pasando un examen le parecerá “aspiracional”, un apetito clasemediero, neoliberal. Una “idea” que tampoco es nueva: recicla las de Lombardo cuando en los treintas (tan remotos y cercanos) decía que emplear recursos públicos para formar profesionistas liberales era injusto con el pueblo al que iban a comenzar a explotar apenas se graduasen.

En fin. Se recordará que para dejar atrás esa costumbre inhumana de poner exámenes, AMLO inventó que el ingreso a la universidad lo decidiera no un examen, sino una tómbola mágica.

Su propia animadversión a la UNAM, en la que le tomó 14 años mediocres para hacerse de una licenciatura, desplazando a dos alumnos que la podrían haber hecho en cinco, se combina con la ambición de sus ideólogos, algunos de los cuales aprendieron en la UNAM el arte de avanzar sus carreras políticas disfrazándolas de activismo estudiantil; unos ideólogos para los que “transformar” a la UNAM en una “universidad pueblo” significaría la realización de una vieja mitología personal. Es el caso —como lo narró ayer Salvador García Soto en El Universal— del marxista-leninista subsecretario de Educación Pública, Luciano Concheiro, quien acaba de proponer una “Concepción y Ruta Crítica para el Proceso de Reforma” de la Universidad de Zacatecas: una “ruptura radical” para acabar con el tipo de universidad que nos “arrastra hacia el neopositivismo”, a la universidad “napoleónica, recubierta de neoliberalismo”.

No es el único, claro. El ideólogo John Ackerman, súperdelegado de la 4T en la UNAM y quien se ostenta como consejero del presidente, prepara desde 2015 por medio de un grupo llamado “Democracia UNAM” el advenimiento de una universidad que sea “conciencia crítica del país”. La orden que le dio AMLO, ha declarado Ackerman, fue “crear una comisión de enlace entre MoReNa y la CNTE”, tarea que cumplió declarando a la UNAM “territorio en rebeldía” y organizando la unión de la CNTE y el MoReNa con “la lucha estudiantil” universitaria. Y luego del triunfo de AMLO, la UNAM le inventó a Ackerman una oficina que también recibe presupuesto de “el Conacyt de la 4T” para luchar contra “la ciencia neoliberal”.

“Juntos podemos construir una universidad más crítica, justa y democrática”, urge Ackerman desde que convocó a un “Foro Deliberativo” en la UNAM para ponerse “en pie de lucha” y lograr la “democratización” para elegir rector y para iniciar “un proceso que permita la transformación de las estructuras” universitarias, sobre todo a la Junta de Gobierno que, a su parecer, es “medieval”.

Cuando inauguró ese Foro en 2016, Ackerman proclamó que la UNAM debe “transformarse y democratizarse para que participe en las grandes transformaciones nacionales”, pues “si no actuamos, la UNAM podría ser la siguiente víctima de la mal llamada reforma educativa”. Luego reiteró que la UNAM es “territorio rebelde”. Y luego presentó, entre los otros convocantes a la delegación de la CNTE.

Todo indica que llegó la hora…

 

 

 

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