La semana pasada tracé una semblanza diminuta de Tecuixpo Ichcaxóchitl, la hija de Moctezuma y esposa de Cuauhtémoc, que era conocida como Isabel Moctezuma hasta que la culta 4T ordenó que su apelativo único sea el “originario”, como se dice ahora. Mencioné que sabía de ella no tanto por mitologías ni genealogías, sino porque Ramón López Velarde alude a ella y a la Malinche en unos versos enigmáticos y de pasadita.
Esos versos se hallan en “La suave Patria”, al final del “Intermedio”, cuando el poeta hace una enumeración de lo que sufrió Cuauhtémoc el día en que Cortés lo toma prisionero en su piragua. Es la escena épica y trágica por excelencia, en la que Octavio Paz miró “toda la catástrofe —agua y fuego— de Tenochtitlan”. Y no es para menos: los hijos e hijas de Tecuixpo y Cuauhtémoc lloran y gritan, sus ídolos caseros son lanzados al agua, la mitología azteca se derrumba y el emperador se desata “del pecho curvo de la emperatriz/ como del pecho de una codorniz”, precioso dístico en el que López Velarde agrega a la tragedia un factor discretamente erótico.
Ahora, López Velarde será el poeta patrio y lo que se quiera, pero en el primer manuscrito del poema se refiere a “la liviandad de la Malinche” como una de las causas del desastre, es decir, que repite lo que cualquier macho heteropatriarcal europeizante que ignoraba la Grandeza que ahora nos ordena respetar nuestro Líder, que no será poeta, pero sí Supremo.
En un libro que saldrá pronto impreso por la UNAM, analizo en detalle esa estrofa cimera, con énfasis en la enigmática analogía que le adjudica a Tecuixpo tener el “pecho de una codorniz”. Es su manera de decir que se trataba de un apetitoso pecho munífico, observación típica de un macho abusivo y cosificante (o, en su defecto, de una lesbiana atenta). En todo caso, la escena de los amantes “destándose” mutuamente, de su amor, de sus hijos y de su imperio, es como un triste de clarinete entre los tamborazos de la epopeya.
Habría sido divertido que el nombre náhuatl de la emperatriz gallinácea, la posteriormente católica Isabel Moctezuma, tuviese que ver algo con codornices, pero no es así, pues sólo significa “flor blanca” o “copo de algodón”, como explica doña Gertrudis Gómez de Avellaneda en Guatimotzin (1846), novela en la que Cuauhtémoc le dice a Tecuixpo que lamenta haber sido herido “por la flecha del cazador” español y dejarla a ella “herida por la mano de la desventura”, mientras él sufre porque nunca más podrá verla cuando, abrazando a sus hijos, parece “una tortolilla cobijando su nido bajo las maternas alas”.
Y bueno, supongo que López Velarde leyó esa novela, como la leyó todo México, y convirtió a la tortolilla en codorniz, asumiendo además la vieja tradición poética que mira en los pechos femeninos variantes cálidas y visuales y de las palomas y pichones de tamaño adecuado y que suelen andar en parejas.
Las novelas de la conquista, como la de doña Gertrudis, siguen siendo legibles, lo mismo que las de Ireneo Paz sobre la Malinche, Amor y suplicio (1873) y Doña Marina (1883), o La hija de Moctezuma (1893) del enorme H. Rider Haggard, variantes lógicas de las novelas de aventuras de Dumas o Eugene Sue.
Alguna editorial podría recircularlas. Ya no cobran regalías y su probado éxito decimonónico podría prolongarse en ediciones accesibles y populares. Lástima que el Fondo de Cultura Económica de la 4T prefiera hacer tirajes continentales de verdaderos clásicos, con la única condición de que sean de “izquierda”, como el popular plagiario Fabrizio.

