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El Sagrado Corazón con tapabocas

24/03/2020
01:50
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Como es de todos sabido, el Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Lic. Andrés Manuel López Obrador, propuso hace unos días a la Patria estupefacta una singular profilaxis: abrazar el culto del Sagrado Corazón de Jesús, superior escudo contra el mal, defensor del oprimido, guía del desamparado y santo patrono de los cardiólogos.

En alguna de las muchas apariciones en público que acostumbra regalar a su ávida grey, el Supremo Investido extrajo de su cartera varias estampitas con la imagen combativa de ese dios: un corazón colorado rodeado por un catéter de espinas filosas, con una manguera de oxígeno de emergencia en forma de cruz saliéndole de la aorta e irradiando bastante fulgor de sangre desinfectante.

Esta imagen del Santísimo Electrocardiograma viene rodeada por una invocación elocuente: “Detente enemigo: el Corazón de Jesús está conmigo”. Sumados, la imagen y el versito son invencibles y muy bueneros para detener enemigos de toda catadura: sean militares, sociales, ideológicos, morales, científicos, espirituales o periodísticos.

¿Siente usted que uno de esos enemigos prepara un golpe? Saca usted velozmente su Sagrado Corazón, se lo enseña al pinche enemigo, grita usted el versito y listo: un enemigo menos.

El Sagrado Corazón De Jesús es una imagen muy querida y muy respetada históricamente por los reaccionarios. Los carlistas españoles del XIX, por ejemplo, lo empleaban para aplastar liberales ateos. Antes de preferir a Cristo Rey, los cristeros le echaban bala a los federales mientras rezaban la “Oración al Sagrado Corazón de Jesús para la salvación de México” (cosa que mucho celebró el Papa Pío XI). Tanto era el poder militar de ese Sagrado Corazón que un general gobiernista lo arrestó y luego le formó cuadro y lo hizo fusilar, como cuenta Jean Meyer.

No me deja de sorprender, pues, que el Portador de la Presidencial Investidura haya indicado que para todo efecto un escapulario con esa Santísima Imagen es más efectivo que un tapabocas.

Así como el Jefe Máximo no explicó que si le chupó el cachete a la niñita fue para succionarle el mal y la enfermedad (pues a Él no le gusta hacer ostentación de su sabiduría científica), ahora tampoco quiso explicar que si consagra la Patria al Sagrado Corazón de Jesús es porque hay antecedentes relevantes en la literatura científica: varias veces ha ocurrido que cuando hay una epidemia, llega el Dr. Sagrado Corazón y restaura la salud.

El caso más famoso fue en Marsella, en 1720, cuando un brote bubónico de notable poderío arrasó con 200 mil personas. Y entonces, cuando la mortandad ya se había llevado a la mitad de la población, el obispo Henri de Belsunce agarró (es decir, entró en acción) y ordenó al publico y al clero, al cabildo y a los magistrados, a los comerciantes y al pueblo en general descalzarse, ponerse una soga al cuello y acudir en bola a pedirle al Dr. Sagrado Corazón que “se dignase liberarlos del cruel azote de la peste”.

Y casi de inmediato que llega el Dr. Sagrado Corazón y agarra y enseña los ventrículos espinados y la cruz y el fulgor y le ordena a la peste que se acabe y la peste agarró y se acabó y listo: los marselleses y marsellesas y marsellosos se alegraron mucho y se fueron a comer mejillones.

(Sigue sin saberse, desde luego, el motivo por el cual el Dr. Sagrado Corazón tuvo que esperarse a que lo convocaran las autoridades sanitarias para ir a salvar a Marsella en lugar de, en su superior sabiduría, nomás haber mandado fumigar al pinche virus antes de que se popularizara y ya.)

Pero es que… ¡así son de inescrutables los caminos de la ciencia!

Leí el fin de semana la historia del culto al Sagrado Corazón. Fue una monja francesa llamada Marguerite-Marie Alacoque, ahora santa, quien popularizó al Santo Músculo Cardiaco como epidemiólogo. En su autobiografía (en línea) hace el minucioso relato del día en que se le aparece Jesús y se abre el pecho y le enseña su Sagrado Corazón y ella francamente se desmaya de placer. No es gran prosa, pero sí sabrosa.

Pues a esta monja se debe que, para precaverse de las epidemias, a la gente le diera por bordarse corazones incendiándose en su ropa y luego en los escapularios que, colgados en el pecho, se llamaban La Sauvegarde, es decir, la salvaguarda, que en México se conoce como “el Detente” y que recién fue ascendido al rango de Faro Moral de la Patria Salubridad por el Científico en Jefe.

¡Hossana en las vacunas!

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en especial sobre su poesía. Su trabajo como periodista ha...