Me trepé al primero en 1962 y al último en 1990. Conocí a fondo, pues, esos laberintos de una sola ruta a los que se ingresaba, más que con boleto, con obligatoria mordida al boletero.
El título de esta columna viene de una remota canción infantil que narra cómo un “tren que corría/ por el ancha vía/ de pronto se fue a estrellar,/ con un aeroplano que andaba en el llano”, etc. Una canción realista socialista, pues, típica para aterrar a la niñez mexicana.
He escrito ya mucho sobre mi afición a los ferrocarriles nacionales, esos trastos agónicos. Una afición heredada por una familia trashumante y sin dinero para pagar boletos de avión que, cada tanto debía mudarse de ciudad y retacar un vagón con una decena de niñitos gimoteantes. Me trepé al primero en 1962 y al último en 1990. Conocí a fondo, pues, esos laberintos de una sola ruta a los que se ingresaba, más que con boleto, con obligatoria mordida al boletero.
Se llamaban los trenes pullman, con su carro comedor y sus asientos que se convertían en camas traqueteantes, por cuyas ventanas se mostraba la patria desértica y, en cada pueblo, la barda que proclamaba “LOS FERROCARRILEROS CON LÓPEZ MATEOS” o el siguiente mandamás.
Olían a desidia, a tapete húmedo y a diesel, pero eran una maravilla, “oruga, susurro, animalito longitudinal”, como los define Neruda, que al llegar a la estación se orinaban como una duquesa vetusta, al decir de Gómez de la Serna. Y López Velarde, claro, que los miraba pasar por Zacatecas y San Luis como si fueran “aguinaldos de juguetería”.
El tren recientemente colapsado era muy viejo ¿Debería extrañarnos este afán nacionalista de sacar trenes caducos de los basureros para reciclarlos como obras de arte kilométricas? Hay un sitio en Internet que se llama pullmanproject.com en el que se explica la forma en que las compañías de trenes gringas vendieron al gobierno mexicano cientos de locomotoras y vagones fuera de servicio a partir de los años 50. Ese gobierno les daba una manita de gato y les cambiaba el nombre: el vagón que se llamaba “Benjamin Franklin” cruzaba la frontera y se convertía obviamente en “Francisco Villa”. Y a rodar…
Al llegar al amanecer a Buenavista, después de Tula, había (o hay) un cementerio de trenes. La corrupción y la torpeza administrativas, en connubio con la podredumbre sindical, aceleraron una larga embolia revolucionaria e institucional. Los trenes rindieron la plaza de mover pasaje a las líneas de autobuses y cambiaron su nombre a Ferrocarriles Nacionales de México en Liquidación, apelativo ominoso que no precisaba qué era lo liquidable, si los ferrocarriles o la nación.
Para que no fuera la nación, Zedillo bajó a los pasajeros. La corrupción de las jerarquías del sindicato —heroico y batallador con Demetrio Vallejo; sojuzgado luego con Gómez Z, el proverbial líder a perpetuidad— fue lo que bajó a los pasajeros. Le hicieron a los trenes lo mismo que a PEMEX: no importa que sea un desastre, lo que importa es que sea nuestro desastre. Es el extraño placer que deriva de ser al mismo tiempo el matón torvo y la viuda lacrimosa.
Los Ferrocarriles Nacionales murieron en 2001, pero revivieron cuando el Líder Supremo les dio masaje CPR o, como Jesucristo a Lázaro, les ordenó levantarse y andar. Y ahí andan de nuevo, pita y pita en el Zócalo, plagados de la misma corrupción, aunque en dependencias de nombres nuevos y nuevos potentados que ruedan sobre anchas vías centenarias con balasto azufroso.
Y el pobre maquinista se queda con las tripas fuera mirando ya no al aviador sino a la fiscalía que, con una cabeza prestada, se pone el sombrero para taparse del sentido común.
Pero, en fin, eso “Ya va a ser otro pedo”, frase inmotal que rueda veloz hacia el muro de honor del Congreso…

