El béisbol como meritocracia

Guillermo Sheridan

La mandataria Sheinbaum anuncio la semana pasada la creación de “Mi beca para empezar”: 400 pesos mensuales para un millón 200 mil niños. Substituye al programa “Niños talento”, que becaba a niños con promedios de 9 y 10. Las calificaciones “sólo generan desigualdades”, dijo; “es dudoso el origen del talento, pues depende de cuestiones familiares o económicas que les impiden a los niños demostrar su potencial”, como llegar desayunados o no a la escuela. Ahora “se darán becas sin importar el promedio escolar”, pues el “proyecto neoliberal” se ha transformado en “Economía Moral con Estado de Bienestar”.

Hubo reacciones, claro. Si el Bienestar decreta el premio colectivo, dijeron, abate desde la infancia, la “cultura del esfuerzo”, etc. Otros evocaron a parientes de Sheinbaum cuyo talento no fue considerado dudoso y ameritaron becas Conacyt a pesar de “cuestiones familiares”. Nadie dijo que esos parientes que mostraron potencial distribuyeron su millón de pesos entre compañeros que no desayunaron.

La meritocracia es compleja, como lo ha probado Michael Salden en escritos especiosos. En apoyo a Sheinbaum, el niño talento Fabrizio Mejía ya saqueó con Economía Moral esas ideas de Salden para mostrar su potencial y que su talento no es dudoso. Sí, la meritocracia depende mucho del origen y la fortuna, piensa Salden, pero sólo en ella se puede competir con base en los propios méritos (como los parientes de Sheinbaum): la meritocracia “es igualitaria si se compara con las alternativas habituales: la mordida, el prejuicio, la discriminación y el nepotismo”, dice. Lo difícil, claro, es que las condiciones sean iguales…

En México, de la primaria a la licenciatura, la eficiencia, los exámenes de ingreso y las evaluaciones académicas ya tienden a medirse por falta de desayuno y las instituciones que aún las aplican son tratadas de derechizantes. Pronto habrá títulos de cirujano y de piloto aviador sin que importe el promedio escolar: el mérito será parte de la canasta básica del Bienestar oficial.

Hay una sola excepción meritocrática: el béisbol. Como es sabido, El Supremo dispuso cientos de millones de pesos para la construcción de estadios (como el de Palenque, que maneja el Pío Hermano Supremo) y de cinco escuelas donde se estudia teoría del batazo, epistemología del jonrón e ingeniería del error. El ingreso es muy difícil.

Se trata, dijo El Supremo, de que en 2024 haya 80 mexicanos en las Grandes Ligas de Estados Unidos para gloria de México y para que paguen con remesas la inversión multimillonaria que hacemos (a fuerza) los contribuyentes en su mérito.

Sólo en béisbol se vale hablar, como lo hace El Supremo, de “profesionales de alto rendimiento” y de prospectos “que den el ancho” y demuestren pericia; sólo en esas escuelas importa el rendimiento escolar; sólo en ellas no se vale alegar que no se desayunó, que no se pudo demostrar el potencial o que el neoliberalismo ponchó al aspirante.

Esos estudiantes reciben beca, hospedaje y alimentos y practican “el rey de los deportes” en canchas profesionales más equipadas que muchos laboratorios universitarios. Son los académicos más beneficiados por la “Economía Moral con Estado de Bienestar”.

Sí, pero también son evidencia de que el talento es desigual. Quizás cuando Sheinbaum substituya al Supremo decrete el Béisbol Talento Bienestar. Cada equipo tendrá 900 mil jugadores, los cojines de las bases medirán un kilómetro cuadrado y estarán prohibidos los jonrones que generan desigualdades.

Y siempre habrá casa llena.

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