El avión de la buena suerte

Guillermo Sheridan

¿Es realmente una estrategia distractora la decisión del Primer (y único) Mandatario de rifar el avión presidencial? Desde hace días, el tema es fuente de mofas y alborotos que remiten al sótano muchos problemas de superior relevancia, sí. Y si mengua, el mandamás lo azuza de nuevo, por ejemplo mostrando el diseño del billete de lotería que tendrá como premio mayor al avión que volará a los pobres hacia el país del bienestar.

Más allá del disparate, el asunto lleva a pensar en qué consistirá esta adicción a las rifas, esta fe en el azar como factor activo en las políticas de Estado, visible desde que el hoy Investido Presidencial era apenas jefe de gobierno, cuando resolvió que fuese una tómbola la que normara quién ingresaba a su Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Había jóvenes que se habían esforzado, pero como su futuro dependía del azar y no de un jurado, hubo ineptos con suerte que ganaron lo que perdió un apto sin ella. Para el Gran Líder, en que el erario patrocinase la ineptitud había justicia pues la tómbola es igualitaria: una democracia del azar que, desde luego, implicaba que el azar es factor de la democracia.

El Primer Magistrado suele decir que cree y confía en la suerte, y se ufana de que la suya es muy buena. Si se encuentran yacimientos petroleros es por suerte. Si le da un infarto es mala suerte, pero estar cerca de un hospital (privado) es buena. Sostiene que “la suerte tiene un papel importante en la política” y, para demostrarlo, muestra sus amuletos: un trébol de cuatro hojas, un billete de dos dólares y un Niñito Jesús en funciones de guarura.

La fe en lo fortuito, la prédica del azar como generador de justicia indica una tendencia al “pensamiento mágico” no desprovisto de religiosidad. ¿No dice acaso la Biblia (Proverbios 16:33) que “podremos tirar los dados, mas es el Señor quien decide cómo caen”? La azarosa suerte lo es sólo en apariencia. En realidad es una forma que tiene Dios para dictar su voluntad a los mortales: el tonto que entró a la universidad por una rifa podrá ser tonto, pero su buena suerte es una señal de Dios, o de su representante en el gobierno.

Al Investido que pasa largas jornadas en aviones y aeropuertos lo asquean el aeropuerto de Texcoco y el avión presidencial. Y como en su moral malabarista, propensa al maniqueísmo, decidió que el avión es un lujo de jeques, capricho de fifís y bravata de ricachones, se lo dará a un plausible mexicano —digamos que se llama Menchaca— solidario de sus políticas que lo ganaría en la rifa, pero perdería su índole de pueblo para convertirse en otro fifí que aborrecería el Amo. Al ser elegido por la suerte, Menchaca sufriría la peor de las suertes: ser otro enemigo del pueblo y adversario de su Líder.

También es curioso que el Líder suponga que sus seguidores pueden y quieren gastar 500 pesos en la lotería. Si el concursante pertenece a uno de los muchos grupos que reciben “apoyos” del Estado, habría que concluir que el Estado patrocina una rifa de propiedad del Estado con dinero del Estado, un dinero que sólo temporal y circunstancialmente pasó por la bolsa de un ciudadano.

El Estado recibiría 6 mil millones de pesos de venderse todos los billetes. ¿Cuántos se habrían adquirido con dinero del erario? ¿No es una forma retorcida y laboriosa que tendría el Estado para cobrarse impuestos a sí mismo? Quizás, pero el tiempo en que los 500 pesos que cuesta cada billete fingieron ser propiedad del ciudadano, servirían para financiar la ilusión de una justicia distributiva, de una economía adicta a los pobres y celebratoria de la buena suerte de ser mexicanos.

Es muy raro el carácter ficcional de todo el asunto. El Volador Máximo ya ha explicado que cuando el gritón berree “¡PEMIO MAYOR, PREMIO MAYOR: UN AVIÓN PRESIDENCIAL!” y gane Menchaca, no se le va a entregar el avión a Menchaca. No. Como explicó el Líder de la Suerte, “¿cómo le hacemos para que el que se saque el premio no se desgracie?” (así dijo). Fácil: le abrirán un fideicomiso a Menchaca y le darán los intereses. Y ya luego, el gobierno se pondrá a vender el avión a nombre de Menchaca. Y listo.

Y, bueno, si el Estado, una vez más, no consiguiese vender el avión para pagarle a Menchaca lo que le adeuda, ¿qué hará el Estado? Lo conjeturable es que haga una nueva rifa, que ganará Godínez.

Y así sucesivamente, hasta que haya suerte un día...

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