Hay que regresar ritualmente al “Día Internacional de las Mujeres”, el 8 de marzo, ese día contradictorio. Las estadísticas deprimen: cada día son asesinadas 10 mujeres en México, el país que por decreto oficial es el más grandioso del mundo, donde 7 de cada 10 mujeres se declaran víctimas de la violencia. En 2025, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, México registró 2 mil 798 asesinatos de mujeres, 725 de los cuales fueron feminicidios y 2 mil 73 solamente homicidios dolosos. Ahí la llevamos.

Según un estudio titulado “Feminicidio en México. Aproximación, tendencias y cambios” (ONU, 2011), una cuarta parte de los feminicidios en México tiene como víctimas a mujeres menores de 15 años, de las cuales 9% son niñas de entre 0 y 4 años. Un asco que habría que enfrentar desde una honestidad que reconozca el asco.

La “Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares” del INEGI registra estadísticas sobre “violencia por tipo de ámbito entre las mujeres de quince años o más a lo largo de su vida”; 66 de cada 100 sufrieron algún tipo de violencia; 25 en la escuela; 26 en su trabajo; 38 en la calle y 10 en su casa. El 43% de tales víctimas la sufrieron a manos de su (dis)pareja.

Total que 8 millones 367 mil mujeres mexicanas declaran haber sufrido violencia a lo largo de su vida, la mayor de las veces a manos de hombres mexicanos. Casi ninguna se salva: las mujeres que han sufrido a manos de su pareja “al menos un incidente de violencia física” son un millón 570 mil, 705 mil de las cuales es de tipo sexual; 4 millones 300 mil mujeres se consideraron víctimas de violencia económica y 6 millones 800 mil de violencia emocional.

Así las cosas, puede suponerse que un alto porcentaje de la población mexicana crece con una idea profundamente destartalada de la moralidad y una noción muy relativa del esencial civismo.

Ayudaría detener las baladronadas sobre nuestra supuesta “grandeza” y nuestro carácter extraordinario orgulloso de nuestro pasado extraordinario de gran país extraordinario lleno de mexicanos y mexicanas extraordinarios y extraordinarias de los que estamos extraordinariamente orgullosos y cuyas estadísticas sobre el maltrato a las extraordinarias mujeres son grandiosas, pues vienen de un pueblo de extraordinarios usos y costumbres como los de dar y recibir golpes por potentes ebrios indigestos de canciones galanas escritas por machos patéticos que se pasan el día berreando que siguen siendo el rey.

El traslado de la barbarie física y mental contra las mujeres, predeciblemente se traduce en un arraigado menosprecio de las normas básicas de convivencia social y en un variado catálogo de complejos de superioridad y/o inferioridad: la exaltación del machismo, el dominio del más fuerte, la exhibición de la impunidad, la ostentación de invulnerabilidades reales o imaginarias, la baladronada testicular, la agresividad compulsiva y el sadismo.

Por decreto de El Supremo, lo mejor de México es su gente extraordinaria. No lo creo. No sólo es ya la petrificación de una mentira compensatoria: es obstinarse en una ceguera práctica, una forma de no cargar con la insoportable conciencia de nuestros defectos y errores y, por ende, una manera de posponer la crítica y propiciar cambios positivos.

La secretaria de las mujeres, Citlalli Hernández, inició ayer su discurso reivindicando a “las mujeres en general” frente a decenas de generales. Lo hizo en el campo del belicoso dios Marte, cuya mítica esposa, Neriene, “la valerosa”, quizás andaba tratando de acostumbrarse al miedo…

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