Azuzado por el curioso empeño en delimitar culpas y salvaguardar honras, analizando si podía o no saberse a dónde conduciría a la Patria el Comandante Supremo en funciones, revisé lo que he escrito sobre él desde el 2000 y confirmo que siempre lo supe: al desastre.

Nunca entendí cómo confiar en alguien de la generación de 1950 que fuese capaz de abrazar al PRI en 1976, luego de las matanzas de 1968 y 1971. El AMLO de 23 años optó por no ser estudiante, dejó a la UNAM y consiguió chamba en el PRI de Tabasco, donde el gobernador Rovirosa Wade (un priísta corrupto) lo incorporó a sus huestes y pidió a Ignacio Ovalle (otro priísta corrupto) que lo nombrase director del Instituto Nacional Indigenista, donde AMLO sería la excepción y no sería corrupto.

No fue corrupto en el PRI durante los siguientes 12 años, en dependencias como la Conasupo (una institución profundamente corrupta). En 1982, el gobernador González Pedrero (otro priísta corrupto pero de izquierda), le propuso al joven de 29 años que fuera democráticamente electo presidente del corrupto PRI en Tabasco, y el joven no corrupto aceptó, si bien, con su siempre elegante mayestático, aclaró en sus memorias que “no pertenecíamos al PRI”, pero que lo dirigía porque en Tabasco “no había tradición opositora” de izquierda no corrupta.

¿De izquierda? Nunca fue de izquierda. Lo enfatizó un verdadero izquierdista, Adolfo Gilly, quien desde 2006 denunció los dobleces de AMLO que, en los discursos, lloraba a los muertos por la democracia, “pero los cómplices, los encubridores, los altos funcionarios de los gobiernos y del régimen del PRI que entonces los hizo matar o solapó sus muertes, están ahora en el grupo compacto en torno a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador”, como Gómez Urrutia, Bartlett o Bejarano. Tampoco le parecía de izquierda su programa político, “una variedad de neoliberalismo social” consistente en mantener “la restructuración neoliberal y agregar políticas asistenciales” para que la sociedad “no se organice, por Dios, que no lo haga: todo le será provisto desde arriba.”

La conclusión de Gilly en 2006 fue que el movimiento de AMLO era hacia un partido “que se dice de izquierda y nutre sus candidaturas de la desintegración progresiva del viejo PRI”. ¿Nos suena hoy, casi 20 años más tarde? Concluyó Gilly: “Quien olvida a sus muertos y se junta feliz con quienes los mataron no merece confianza ni perdón. Por razones éticas, sin las cuales no existe izquierda alguna, por motivos morales si se prefiere así, no votaré por Andrés Manuel López Obrador ni por ninguno de sus candidatos: seguro, segurísimo.”

En 2013, otro izquierdista, Arnaldo Córdova, convocó a AMLO a no concentrar él solo todo el poder, a impedir que la izquierda acabase como expresión de su voluntad personal disfrazada de “encuestas”. Claro, el PRI y el PAN, igual de peores, hacían lo mismo. ¿Cómo iba a democratizar al país un partido incapaz de democracia interna? Pero haber sufrido el autoritarismo secular del PRI se suponía que debía propiciar un partido de izquierda serio: al nacer en 2014, el MoReNa ya había heredado y aun refinado la antidemocracia. El viaje del AMLO como militante del PRI a su monarquía en el MoReNa fue (y es) una vergüenza.

El futuro es el terreno preferido del demagogo. Como nuestro demagogo logró engañar hasta a los inteligentes, ese futuro se convirtió en nuestro doloroso, caótico, inestable presente. Sí podía saberse. Que se sepa mejor ahora, cuando el demagogo está planeando el futuro...

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