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Brindo con/por Adolfo

Guillermo Sheridan

Me recomendó leer desde George Steiner hasta Kosinski, corrigió mi ignorancia de Mariano Picón Salas y me guió por el jardín teosófico hasta la fuente de Dom Pernety

Yo también brindo por Adolfo Castañón. Hace unos días permitió al Premio Nacional de Literatura vitaminarse por agregar su nombre a la crónica de su trayectoria. Castañón es mi amigo y mi compañero de generación, por lo que sabrá perdonarse que sienta yo un orgullo delegado, que amerite este premio por añadidura.

Somos amigos de hace casi medio siglo, cuando muy rapaces yo me daba de topes con los libros y apenas conocía la O por lo redondo, mientras que él ya parecía haber leído todo y entendido más. Nos amistó nuestro mutuo maestro, Huberto Batis, ese gran amigo temperamental que luego nos acusaría de deslealtad, injustamente.

Adolfo inventó una revista que se llamaba “Cave canem” en la que debuté como el aprendiz de escritor que sigo siendo pero, mejor aún, debuté como su amigo. Era formidable, en la irradiación de doña Estela y don Jesús, estar en una casa con miles de libros que luego Adolfo --costumbre en la que persevera-- sacaba a pasear en sus grandes morrales como un marsupial bibliotecario.

Ya desde entonces, también, Adolfo ejercía las artes de la letra y a la vez el cuidado de las letras, una tenaz mayordomía que trazaba linderos, conciliaba conflictos y enderezaba talentos hacia la heredada certeza de que el mundo existe para acabar en libro, en leerlos, criticarlos, platicarlos, corregirlos, editarlos. Ya desde entonces sabía para qué podía ser uno bueno, qué debería leer, a quién le convendría tratar. Gran curador de los afectos, organizaba a sus amigos como a una biblioteca, un índice perentorio en las obras completas de su amistad. Le debí a él la mía con mi hermano Federico Campbell, que retribuí propiciando la suya con José Kozer. Siempre estaba rodeado de amigos compartibles: José Luis Ri vas, Héctor Subirats, Benito Lacave, el luminoso Saúl Yurkievich con su Gladys…

Compartíamos un escritorio en la UNAM que él ocupaba en la mañana y en el que yo trabajaba vespertino. Yo perseveré en la academia, de la que él se fue para dedicarse a una vida de letras más vivas en el Fondo de Cultura Económica, que aún existía. Terminé mi primer libro, sobre los poetas de “Contemporáneos”, y cuando la UNAM le hizo el feo Adolfo me tramitó una cita con García Terrés, que lo contrató luego del dictamen favorable de don Alí Chumacero. Y luego fue Adolfo quien me propuso en el FCE, para escribir una biografía de López Velarde.

Ya era Adolfo una wikipedia ambulante bajo un montón de pelo y esas corbatas que son siempre rebeldes sin causa. Me recomendó leer desde George Steiner hasta Kosinski, corrigió mi ignorancia de Mariano Picón Salas y me guió por el jardín teosófico hasta la fuente de Dom Pernety. Y organizábamos grupos de lectura regulares, con método y tareas precisas, largas sesiones fructíferas que a veces culminaban en la sorpresa de otra pasión adolfiana, la de cocinar unos platillos más o menos caóticos, a veces inspirados por alguna lectura: el pato lexical o la alcachofa políglota.

Siempre haciendo listas, poniendo orden, practicando siempre rituales secretos suyos, propiciatorios o terapéuticos, soportando altanerías e insolencias con un aplomo que a mí, explosivo, podía enervarme, pero que él administraba hacia una plácida dignidad, más meritoria.

Dijo nuestro maestro que la amistad “es un río y un anillo”; dijo que “la amistad es más real: un día la fundamos,/ los otros lo confirman. Lo sabemos:/ pasamos, nos quedamos y somos la medida,/ los latidos que ritman el fluir de su música”…

Salud, amigo.

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