Me dolió el tránsito de Antonio Deltoro, viejo amigo circunstancial. Fue un hombre dulce sin doblez, generoso sin ambages. Tuvo la anómala virtud de vivir en un sostenido estado de pasmo y, más anómalo aún, de convertirlo en atributo de buena poesía.

Triste cosa que se mueran los buenos poetas amigos. Primero David Huerta y ahora Toni. Rara emoción ésta, la de que comiencen a partir esos poetas como vecinos, esos que le iban dando voz a lo que no podía decir la generación de uno. Yo, que apenas pretendo como el Manco “que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo”, miro irse a mis amigos mientras me enrollo las valencianas, acatando el consejo de otro poeta...

En un oficio que acostumbra iniciarse juvenil, Deltoro debutó prudentemente después de sus 30 años. Curioso, pues el nuestro era un país de dependencias culturales, universidades y gobiernos, casas de la cultura y mecenas ocasionales, que lanzaban poetas a los 18 y les publicaban sus obras completas a los 21. Publicó Algarabía inorgánica en 1979 y Hacia dónde es aquí en 1984, libros que acumuló con otros en Los días descalzos de 1992, que publicó la Editorial Vuelta, con la venia de Octavio Paz, cosa no fácil. Y así sucesivamente hasta Rumiantes y fieras que apareció en 2019 y su Poesía reunida, que publicó la UNAM. Léalo usted.

Alguna vez escribí que Toni, inquilino de una ala del edificio en continua construcción de la poesía mexicana, escribía versos aleves e irónicos. Era un poeta transeúnte, atento a la seriedad del ocio, callejero. Uno de esos poetas que se distraen para traerse y atraernos. Hacía de la poesía una ruta a los paraísos recuperados, más que a los perdidos. Deambulaba prestando su atención a las cosas y los casos inmediatos: el poste, la tienda, la alcantarilla: insignificantes escenarios donde el poeta en asueto mira con humor dramas de gracia y miseria. Una poesía despaisajada, capaz de encontrar con displicencia desdeñosa, en el escenario fortuito de una azotea, entre gatos averiados y ropa secándose al sol, los signos elocuentes de su intimidad. Caminaba la ciudad pública, digamos, para llegar a su barrio interior. Pocos tendrán su talento para ver esas caras inesperadas de la ciudad, para percibir la algarabía del silencio entre sus tramoyas de oquedad.

Tengo en mi cuaderno un poema favorito de Toni, pequeño y enorme. Se titula “Umbral”, una suma de esa poética que registra el carácter vecinal de toda experiencia: es el umbral de la casa, donde se rozan dos aires “uno ancho de mundo, otro doméstico”; impreciso territorio que era el espacio natural de Toni, su sede elegida, un sitio vigilado por “dioses aduaneros/ que pesan/ con balanzas invisibles”. Poeta de dobleces, registraba un umbral del ni esto ni aquello, mandorla suspensa donde se unen lo decible y lo inefable, lo mítico y lo cotidiano, el deseo y la pérdida.

Nuestra querida amiga Ana García Bergua le hizo alguna vez una larga entrevista, “Poesía a la intemperie” que se lee en la Internet. Búsquela usted. En un momento dado dice Toni: “El poema puede ser un lugar: el poema que repetimos en la memoria, que llevamos en nuestro interior, nos ayuda a salvaguardarnos de la vorágine, del tumulto, de la promiscuidad. Esta intimidad lejos de cortar amarras con el mundo y el prójimo nos ayuda a establecer lazos más fraternales y profundos, silenciosos y musicales, menos ruidosos. Así el poema puede ser, recordando un fragmento de Guillén, un tiempo de profundidad.”

Adiós, buen Toni, fraternal y profundo. Bienvenido al umbral. Ahí nos vemos.

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