La semana pasada acometí una breve expedición entre algunas de las 54 organizaciones (contradictoriamente) anarquistas que pululan por la patria diamantina. Pululan y, me temo, más pulularán en la medida en que los jóvenes se dejen seducir por el canto de las sirenas de rango histérico. Según el (ahora ex) CISEN, en 2016 había 54 grupos que realizaron 220 acciones violentas vs. gobierno y empresas entre 2008 y 2016. Estudios recientes documentan ya 86 grupos activos en toda la República.

Y ya no los mueven, ciertamente, las ideas del anarco-sindicalismo inteligente, como el del Centro Sindicalista Libertario en la década de los años 20, ni las de la Federación Anarquista de México y su sueño de “Regeneración” que pronto se degradaría en la CTM lombarda y fidelina. Tampoco se trata ya de la visión romántica de la revolución de Castoriadis o Paz, ni de su traslado a la vida laboral como quiso Enrique Mestre.

El anarquismo actual es un sazonado revoltijo de caos y las fantasías emancipatorias punks; un recocido en el que caben lo mismo veganos santones que idólatras de la droga y/o la pólvora y/o sangre. Y, desde luego, es inevitable suponer que detrás de ello hay motivos como desigualdad, pobreza y racismo y, sobre todo, la perfecta
combinación de ignorancia y violencia. El neoanarquismo aporta, para compensar, una instantánea tribu, camaradería internacional y, con la atención de los medios, una rápida sensación de grandeza.

Pero no todo es teatralidad boba, un exhibicionismo montesori que se disfraza de “libertad” y espanta ingenuos. Los muertos de esta farsa son mucho más de los que imaginamos. Otros se quedan en lo más seguro, como los que privatizan el auditorio “Justo Sierra” de la UNAM y disfrutan de su exención patronal: su pequeño psicodrama goza de la garantía de impunidad post-68. Los sueños de emancipación de Rousseau acaban como sala de exhibición de cine porno-popular.

Los vectores “universitario” y feminista son los que más se hacen notar últimamente. Sobre el primero ya he escrito. El feminista es el más novedoso, aunque ideológicamente predecible. El colectivo nacional interesante (aunque relacionado con sus camaradas argentinas y chilenas, es “Féminas Brujas e Insurreccionalistas” (FBI). ¿Se habrán hecho presentes en las manifestaciones de este lunes?

Sus rollos en las redes tienen el mérito de lo explícito. “El Estado continúa ejerciendo el monopolio de la violencia y solo está dispuesto a compartirlo con los grupos del llamado ‘crimen organizado’ con quienes también comparten ADN, demostrando que no hay nada nuevo en su Cuarta Transformación. Como hemos dicho siempre: son los mismos perros misóginos ahora con el collar de color guinda” (del Morena).

La etiqueta de “feministas” las irrita:
“No somos feministas, somos ANARQUISTAS y luchamos contra el patriarcado, no por el feminismo”. De acuerdo con ellas, aun el feminismo es un invento patriarcal. Argumentan conocer “la ideología feminista y la vemos cotidianamente en ‘acción’, ocupando curules y puestos públicos,  encaramándose sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos”.

El feminismo en México, insisten, está cooptado por “las feministas sistémicas, políticas, académicas y dialogueras”, mujeres tan despreciables que requieren insultos de macho mexicano: no son otra cosa que “oportunistas en busca de hueso, por eso le lamen las botas y le chupan los wevos a su presidente.”

Un presidente al que consideran, claro, otro enemigo con el cual están también en guerra: “un fascista misógino y sexista, pro-vida, ultraconservador y evangélico al que se ha aliado la izquierda en su constante oportunismo para tomar el poder a toda costa”.

Su argumento final es enfático: “Nosotras no somos Pueblo. Ser ‘pueblo’ es delegar nuestra realidad como mujeres, nuestra libertad y nuestra autonomía a Otro; es negar nuestra individualidad y nuestra esencia. SOMOS GUERRERAS ANÁRQUICAS EN LUCHA CONTRA EL PATRIARCADO.”

¿Está claro?

Bajo el lema “¡SOMOS MALAS Y PODEMOS SER PEORES!”, estas Féminas Brujas convocan a “la rabia antisistémica” y con violencia, pues “el pacifismo es un invento patriarcal”. No quieren ningún tipo de diálogo con nadie, ni tampoco “pedimos justicia a nuestros verdugos ni la destitución y el castigo de sus pinches cerdos violadores.  Eso sería distinguir entre policías buenxs y policías malxs. Para nosotras el mejor policía es el que está muerto.”

Y a darle…

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