Mientras México enfrenta un crecimiento sostenido de enfermedades cardiovasculares asociadas al colesterol alto, las investigaciones científicas internacionales comienzan a explorar nuevas soluciones terapéuticas basadas en cannabidiol. Los primeros resultados clínicos obligan a replantear el lugar del cannabis en la agenda de salud pública.

Durante años, el cannabis medicinal ha sido asociado principalmente con el tratamiento del dolor, la epilepsia o la inflamación. Sin embargo, la investigación científica más reciente está ampliando ese horizonte. Un ejemplo claro es el estudio clínico de viabilidad en humanos recientemente concluido por CannaLean Biotechs, que evaluó una terapia oral basada en cannabidiol (CBD) para reducir el colesterol LDL, comúnmente conocido como “colesterol malo”.

Los resultados preliminares no son menores: en adultos con niveles elevados de LDL, la formulación mostró reducciones clínicamente relevantes en el colesterol, con un perfil de seguridad favorable y sin eventos adversos graves. No se trata de un suplemento milagroso, sino de un desarrollo farmacológico con respaldo científico, diseñado para competir o complementar tratamientos convencionales.

Este avance cobra especial relevancia para México. De acuerdo con datos epidemiológicos recientes, más de una quinta parte de la población adulta presenta hipercolesterolemia, una condición estrechamente ligada al aumento de infartos y eventos cerebrovasculares. Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en el país, y el costo económico y social es enorme.

Aunque las estatinas han sido el pilar del tratamiento durante décadas, no todos los pacientes responden adecuadamente y otros abandonan la terapia por efectos secundarios. El resultado es un sistema de salud que enfrenta un problema crónico con herramientas limitadas y, en muchos casos, subutilizadas.

La conversación contemporánea sobre el cannabis también se cruza con una comprensión más amplia del bienestar físico y mental. Hoy sabemos que actividades como correr, entrenar o simplemente moverse no son actos mecánicos, sino un diálogo constante entre el cuerpo y la mente, donde influyen el descanso, la regulación del esfuerzo y la recuperación. En ese contexto, el interés científico por el cannabidiol ha crecido, no como atajo al rendimiento, sino como una posible herramienta complementaria para modular inflamación, estrés y procesos metabólicos. Esto refuerza una idea central: no existen fórmulas universales; cada organismo responde de manera distinta y toda intervención responsable debe partir de la evidencia y la individualización clínica.

El cannabidiol no es psicoactivo y su interacción con el sistema endocannabinoide ha mostrado efectos en procesos metabólicos clave, incluyendo la regulación de lípidos, la inflamación sistémica y el metabolismo energético. Estudios preclínicos y clínicos iniciales sugieren que el CBD puede influir en la expresión de genes relacionados con la acumulación de grasa y el transporte de colesterol.

El estudio de CannaLean va un paso más allá al integrar el CBD en una formulación farmacológica diseñada específicamente para impactar el perfil lipídico, alejándose del enfoque artesanal que ha predominado en muchos mercados.

Aquí es donde México vuelve a llegar tarde. Mientras otros países avanzan en investigación clínica con cannabinoides, nuestro marco regulatorio sigue atrapado en la parálisis, impidiendo que universidades, centros de investigación y empresas desarrollen estudios similares en territorio nacional.

Esto no solo frena la innovación médica; también limita el acceso de los pacientes a alternativas terapéuticas basadas en evidencia y deja al país fuera de una conversación científica global que ya está ocurriendo.

Hablar de cannabis y colesterol no es una provocación ideológica, es una discusión técnica y de salud pública. Nadie plantea sustituir tratamientos existentes sin evidencia sólida. Lo que sí resulta irresponsable es ignorar avances científicos solo por su origen vegetal o por prejuicios heredados.

México tiene el talento científico, la necesidad sanitaria y el potencial industrial para participar activamente en esta nueva generación de terapias con cannabinoides. Lo único que sigue faltando es voluntad regulatoria.

Porque cuando la ciencia avanza y la ley se queda atrás, quienes pierden no son las industrias: son los pacientes.

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