El arranque de 2026 confirma una realidad incómoda: mientras el mundo acelera con decisiones regulatorias basadas en evidencia y criterios económicos, México continúa atrapado en la indefinición. Estados Unidos inicia el año con la reclasificación del cannabis a la Lista III, eliminando el castigo fiscal del artículo 280E y facilitando la entrada de capital institucional; Suiza avanza hacia un mercado legal pleno con los programas piloto más sólidos de Europa; la República Checa legaliza el autocultivo y la posesión como modelo de regulación social; Alemania demuestra que una regulación accesible reduce el mercado ilegal, con 80% de los usuarios médicos ya en el canal legal; y Tailandia se consolida como un centro de exportación de bajo costo para Asia y Europa. En contraste, México permanece en un limbo regulatorio: un sector medicinal que avanza lentamente, ausencia de licencias comerciales claras y una falta de certeza jurídica que inhibe la inversión. En este escenario, el mercado no se detiene y el consumidor tampoco.
Esta brecha entre el avance internacional y la parálisis nacional no es abstracta ni ideológica; se traduce en oportunidades económicas concretas que otros países ya están capitalizando. Una de ellas, poco discutida en el debate público mexicano, es el desarrollo del cáñamo industrial, particularmente en la industria textil y de la moda, un sector históricamente relevante para la economía y el empleo. Bajo esta lógica, la industria del cannabis está dejando de ser un actor secundario para convertirse en un sector estratégico, insertándose con fuerza en industrias tradicionales y de alto valor añadido, como el textil y la moda. Más allá de la curiosidad estética o la publicidad, hay datos clave y tendencias de mercado que sostienen esta intersección como una oportunidad estratégica real para países con vocación agrícola y manufacturera como México.
De hecho, la utilización del cáñamo para producir fibras textiles dista mucho de ser una novedad: su uso se remonta a miles de años atrás, con registros de tejidos, cuerdas y velas elaboradas a partir de sus fibras en diversas civilizaciones. Su versatilidad ha acompañado a la humanidad desde los albores de la navegación marítima hasta la imprenta y la confección industrial europea del siglo XIX, cuando incluso durante la Revolución Industrial, fábricas textiles incorporaron cáñamo junto con lino y algodón, aprovechando su resistencia y abundancia, antes de que el algodón dominara por completo el mercado.
Los últimos análisis de mercado sitúan al sector de fibra de cáñamo en pleno crecimiento global, impulsado por la demanda de materiales sostenibles y soluciones ecológicas. Según estimaciones especializadas, el mercado mundial de tejidos de cáñamo crecería de miles de millones hoy a decenas de miles en la próxima década: un reporte proyecta que la industria de tejidos de cáñamo podría alcanzar cifras superiores a 525 mil millones de dólares para 2035 si se mantiene la actual tasa de crecimiento anual compuesta (CAGR) de más del 33 % en la próxima década.
Incluso cálculos conservadores de consultoras globales sitúan el valor de la fibra de cáñamo (el insumo base para textiles) en casi 2 mil millones de dólares hacia 2033, con un crecimiento anual compuesto de más del 20 % entre 2025 y 2033.
Además, el segmento de ropa y moda sostenible está registrando incrementos constantes en adopción: en 2023, alrededor del 42.5 % de los ingresos de fibra de cáñamo provino de prendas de moda, destacando que los consumidores no solo adoptan esta fibra, sino que están dispuestos a pagar por ella.
El crecimiento del cáñamo en la industria textil no es anecdótico ni responde a una tendencia pasajera. Su impulso se explica por ventajas estructurales difíciles de ignorar: la fibra de cáñamo requiere significativamente menos agua que el algodón (uno de los pilares históricos del sector), lo que la convierte en una alternativa viable en un contexto global de escasez hídrica y creciente presión ambiental. A ello se suma su carácter biodegradable y su menor huella de carbono frente a las fibras sintéticas, con un ciclo de vida más alineado con los objetivos climáticos internacionales. Además, el cáñamo ha dejado de limitarse a la ropa y la moda, extendiendo su uso a textiles técnicos, interiores automotrices, geotextiles para la construcción y otros segmentos industriales, ampliando así su relevancia económica y estratégica.
El resultado es un efecto de sinergia: marca, sostenibilidad y rendimiento técnico, que empuja a más diseñadores y sellos globales a incorporar cáñamo en sus líneas, y a los consumidores a buscarlos activamente.
En México, donde la legalización y regulación del cannabis sigue desarrollándose, el cáñamo industrial ofrece una ventana para que agricultores y empresas se inserten en una cadena de valor global creciente.
Esto exige dos elementos críticos que deben formar parte de la agenda pública y privada:
Regulación clara y eficiente para la producción y transformación de cáñamo.
Incentivos y cadenas de suministro locales que permitan a las empresas mexicanas competir en calidad y volumen en mercados globales que ya empiezan a acomodarse al cáñamo como una materia prima estratégica.
El cáñamo en la industria textil no es una moda pasajera ni un juguete ecológico. Es una tendencia sustentada por datos y crecimiento real, con posibilidades económicas que van desde la reconversión de campos agrícolas hasta la colocación de productos mexicanos en las vitrinas del mundo. Para quienes entendemos la magnitud de este potencial, la pregunta ya no es si vale la pena invertir en cáñamo, sino cómo y con qué políticas lo hacemos realidad.
La moda puede ser rápida, pero el valor del cáñamo es duradero para la economía, para la sostenibilidad y para la reputación de México en los mercados globales.

