El dato es contundente: en Estados Unidos, 18 millones de personas consumen cannabis más de 21 días al mes. Otros 15 millones lo hacen entre 4 y 20 días mensuales. El uso frecuente ha crecido de manera sostenida en la última década, en paralelo a la expansión de la legalización estatal.

A primera vista, la cifra alimenta titulares alarmistas. Sin embargo, el análisis exige mayor profundidad. No todo consumo recurrente es equivalente, ni responde a la misma motivación. Reducir la conversación a “uso recreativo” invisibiliza un fenómeno más complejo: el crecimiento simultáneo del uso medicinal y del llamado consumo orientado al bienestar.

Un reciente análisis difundido por Medical Xpress pone el foco en adultos de mediana edad, un segmento que tradicionalmente no encabezaba las estadísticas de consumo. Muchos de ellos no buscan evasión, sino alivio: dolor crónico, trastornos del sueño, ansiedad o inflamación. En varios estados, el cannabis medicinal se ha integrado en esquemas terapéuticos formales bajo supervisión médica.

A la par, surge una cultura distinta. Comunidades privadas de bienestar con miles de integrantes promueven experiencias guiadas que combinan cannabis con prácticas como yoga, meditación o respiración consciente. El mensaje es claro: no se trata de “colocarse”, sino de cultivar una relación más consciente con el cuerpo y con la planta (Intencional, Guiado, Elevado). No es una fiesta improvisada; es una práctica estructurada.

Este cambio cultural no es menor. En Canadá, donde la legalización federal data de 2018, el mercado ha evolucionado hacia productos con perfiles cannabinoides específicos, microdosificación y formulaciones orientadas a objetivos concretos: descanso, enfoque, relajación muscular. La sofisticación del consumidor también ha aumentado.

La pregunta de fondo no es si el consumo frecuente existe, porque claramente existe, sino cómo lo interpretamos. ¿Estamos frente a un problema de salud pública en expansión? ¿O ante la consolidación de un mercado que, al salir de la clandestinidad, simplemente visibiliza patrones antes ocultos?

Como en casi todo, la respuesta no es binaria. Sí, el uso intensivo puede derivar en dependencia en ciertos casos y requiere un monitoreo epidemiológico serio. Pero también es cierto que millones de personas reportan beneficios terapéuticos reales y una mejora en su calidad de vida.

Para México, que aún discute el diseño final de su marco regulatorio, la lección es evidente: prohibir simplifica el discurso, pero empobrece la política pública. Regular obliga a distinguir entre abuso, uso responsable y uso medicinal. Obliga a educar, a investigar y a generar datos propios.

La industria del cannabis no es únicamente un mercado recreativo. Es salud, es bienestar, es desarrollo agroindustrial y es innovación farmacéutica. Ignorar esa diversidad sería un error estratégico.

La conversación madura no debe girar en torno al miedo ni al entusiasmo ciego. Debe centrarse en la evidencia, la responsabilidad y la claridad regulatoria. Porque cuando el debate se eleva, intencional, guiado y con información, el resultado no es polarización, sino política pública inteligente.

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