Cada periodo vacacional modifica los hábitos de consumo. Ocurre con el turismo, la gastronomía, el entretenimiento y también con el cannabis. Sin embargo, a diferencia de otros sectores, este fenómeno continúa desarrollándose en México en medio de vacíos regulatorios que limitan su aprovechamiento económico y social.

A nivel global, el cannabis ha dejado de ser un tema secundario. Se estima que más de 200 millones de personas lo consumen en el mundo, consolidándolo como una realidad estructural que trasciende debates ideológicos. En este contexto, las vacaciones representan un momento clave: el incremento del tiempo libre, la relajación de las rutinas y la movilidad turística tienden a elevar el consumo recreativo.

No se trata de una percepción aislada, sino de una tendencia observada en mercados donde existe regulación. Durante las temporadas vacacionales, el consumo no solo aumenta, sino que se transforma: crece la demanda de productos accesibles, como comestibles o formatos listos para su uso, y se amplía la oferta de experiencias vinculadas al bienestar y al turismo especializado.

En regiones como California o países como Canadá, el cannabis se ha integrado a la dinámica turística de manera formal. Dispensarios regulados, servicios orientados al consumidor y esquemas fiscales claros permiten canalizar una actividad que, de otro modo, permanecería en la informalidad. El resultado es un mercado que genera ingresos, empleo y certidumbre tanto para los usuarios como para las autoridades.

México, por el contrario, enfrenta una paradoja persistente, que no me canso de repetir. A pesar de contar con un flujo constante de turistas provenientes de países donde el cannabis es legal, y con una base de consumidores internos significativa, el país carece de un mercado regulado que permita capitalizar este fenómeno, particularmente durante temporadas de alta demanda como las vacaciones.

Esto implica que el consumo no desaparece, sino que se desplaza hacia esquemas informales. En consecuencia, se generan riesgos asociados a la falta de control sanitario, se limita la recaudación fiscal y se desaprovechan oportunidades de desarrollo en sectores como el turismo, el bienestar y la agroindustria.

Desde una perspectiva económica, las vacaciones no representan una desaceleración del mercado del cannabis, sino una reconfiguración. Disminuye el consumo vinculado a rutinas médicas, pero aumenta el recreativo y ocasional, acompañado de una mayor disposición al gasto. En mercados regulados, este comportamiento se traduce en una temporada de alta actividad comercial.

El caso mexicano resulta particularmente relevante si se considera su potencial. Con condiciones agrícolas favorables, una posición estratégica en el turismo internacional y una creciente discusión pública sobre el tema, el país cuenta con elementos suficientes para desarrollar una industria competitiva. No obstante, la falta de definiciones regulatorias ha impedido avanzar en esa dirección.

El debate sobre el cannabis en México ha sido amplio, pero las decisiones han sido limitadas. Mientras tanto, la dinámica del consumo continúa evolucionando, especialmente en periodos como las vacaciones, donde se hace más visible.

En este escenario, la discusión ya no debería centrarse únicamente en si el consumo ocurre, sino en cómo se gestiona. La evidencia internacional sugiere que la regulación no elimina el consumo, pero sí permite ordenarlo, reducir riesgos y generar beneficios económicos.

Cada periodo vacacional confirma una realidad que el país aún no termina de incorporar plenamente en su marco normativo: el cannabis forma parte de los patrones contemporáneos de consumo. La diferencia radica en si se aborda como un fenómeno que debe administrarse o como uno que se sigue postergando.

México, hasta ahora, ha optado por lo segundo. Y con ello, ha dejado pasar, una vez más, una oportunidad que otros mercados ya están capitalizando.

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