“Hay un animal que tiene que estar siempre con el día. Si lo alcanza la noche, muere”. Acostumbro citar en esta columna el principio de un poema de Jaime Jaramillo. Lo traigo a cuento porque siendo un noctámbulo buena parte de mi vida, tengo la certeza de que cuando me alcance la luz del día moriré. Casi no tengo secretos, porque estos son una cárcel, una celda en la que tu carne se torna hueso. Mi secreto mayor, acaso, es fingir mi felicidad y en ocasiones sentir la necesidad de saberlo todo. En su libro Ya viviste lo tuyo, Anthony Burgess, escribió “Los críticos nacionales no se entusiasmaron con mi novela El doctor está enfermo; El Times Literary Supplement expresó: El Sr. Burgess está tan ansioso de mantenerse al día que ya no sabe en qué día está”, como sabemos, y él mismo lo ha ratificado en este libro, fueron los estadunidenses quienes lo reconocieron y encontraon en él al singular y admirable escritor que fue. Los ingleses, tan acostumbrados a él, y como suele suceder en la patria de uno, lo despreciaban o no le dispensaban demasiada atención.

En La muerte de Montaigne, Jorge Edwards escribe: “Me parece que Montaigne sufría intensamente de sus cólicos renales, de su gota, de sus compromisos, de sus ataduras conyugales y de todo orden; y a la vez era feliz. Vivía con intensidad, aunque solo fuera una intensidad interna, subjetiva, y amaba, estaba enamorado. ¿Qué más podría pedir cualquier cincuentón humano y hasta sesentón de cualquier época?” El libro de Jorge Edwards es excepcional, más si le añadimos la profunda admiración que sentía hacia el ensayista francés. Si a mí me preguntaran, y espero que no, preferiría tener gota y cólicos a estar enamorado y vivir intensamente la vida (todavía no sé qué significa esa frase: ¿un condenado a muerte vive intensamente su vida?) Leyendo Bàrnabo de las montañas, la primera novela de Dino Buzzati, autor al que yo encuentro elegante, sutil, delicado y lejanamente impostado, Bàrnabo, el personaje principal del libro se avergüenza de ser un guardabosques cobarde. Y creo, desde mi lectura, que tiene irreprochable razón ¿cómo se puede ser un cobarde cuando tiene uno que guardar la entereza de esos gigantes de hoja y madera?

La novela es bella y sugerente, pero en mis lecturas solo reparo en las grietas y en las debilidades, probablemente porque mi vena literaria y vivencial no me permiten otra clase de lecturas más profundas y escrutadoras. Yo, me considero un cobarde en todos los sentidos, y cuando he dado muestras de valentía, furor y exhibicionismo masculino demuestro ampliamente mis palabras. El niño que fuimos siempre estará delante de nosotros, su sonrisa genuina, sus huesos elásticos, su ingenuidad sabia y extraordinaria. Todos dejamos un niño o una niña atrás y nunca volveremos a retomar sus pasos, a vivir su cándida felicidad y sus verdaderas aventuras. Hoy vamos adelante, como los peores cobardes blandiendo su espada y su lanzón al ristre. Nunca volveremos.

Sin embargo no quería yo hablar de la infancia —a ella me he referido en una decena de libros—, sino de mi futuro: postrado en una cama sosteniendo a mis huesos que desean volverse polvo, sobreviviendo a mi propia miasma y excremento, acaso llamando la atención de un par de amigos que me acompañaron hasta esas alturas de la soberbia humana, olvidados mis libros, mis mentiras diletantes y graciosas, olvidadas las palabras con que colmé un mundo que consideraba mío, desapareceré como un trozo de carne inexistente. Los entierros son reuniones de humanos que acaso jamás han pensado en la muerte; los funerales, rituales para llevar tierra a la tierra; las lágrimas no serían otra cosa entonces que la risa de los muertos. Escribió Thomas Bernhard —citado en esta columna varias veces— que la vida es la disminución progresiva de la luz.

Cada día que sucede esa luz se disipa, se esconde, es difícil encontrarla, y una vez frente a ella tienes la certeza de que volverá a marcharse. He aquí mi preciado futuro, no mi robustecida infancia. Pronto seremos un sueño, un ataúd cargado por los enemigos, tierra olvidada, montículos de heces, cagarruta de pájaros que no encuentran el rumbo, o que siguen simplemente aquello que Edwards nombraba “la intensidad interna”. De ninguna manera admito mi fracaso: nacer es estar hundido en la penuria que a veces se disfraza de gloria, más bien, siento decirlo, experimento cierta clase de orgullo, de valentía efímera, de dolor brillante. Me apropio de la cobardía de Bàrnabo y me siento aterrado ante la altura que han llegado a tomar los bosques contemporáneos.

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