“Un animal prehistórico, un monstruo marino ha quedado varado en las aguas de Nayarit”, me comentó alguien, interesado en noticias virales, como les llaman a esas noticias que truenan como cohetes de pueblo y fiesta para, después, dejar tras su explosión un silencio sideral, un ruido metafísico que no se escucha, pero se siente y nos absorbe desde algún ombligo sideral. No supe que sucedió con aquel animal cuyo encallado fue noticia viral, pero en seguida pensé que yo soy como ese animal varado en una playa solitaria entre personas que en buena parte carecen de sensibilidad y cultura, pero que, sin embargo, siguen las instrucciones que les dicta alguna empresa la cual se adjudica el papel de guía moral. Las concentraciones semanales dedicadas a la exhibición del arte y que algún espécimen a quien no le interesa el arte, por supuesto, ha creado, concentrando así una variedad de expresiones estéticas a las que se debe poner atención individualmente, poseen un carácter ambiguo. Y allí están las exposiciones, galerías, etc.... convocando a su puesto de mercado que se expresa una vez al año. No quisiera ser paranoico o ir en contra de manera insulsa, pero ¿no es esta una manera de domesticar la expresión artística? Y allí van a las inauguraciones sólo los amigos de los artistas, los amantes del acto social, o los espectadores maratonistas quienes, siendo un cardumen, cambian de rumbo varias veces durante un día. Recuerdo un párrafo de Jean Baudrillard —creo que en Cultura y simulacro—, en el que afirmaba que Disneylandia existía para hacernos creer que fuera de este espacio de fantasía lo demás era real (con Trump, el ejemplo de Baudrillard cierra perfectamente, como la ecuación bien resuelta). Estas semanas dedicadas a una porción del arte nos sugieren que es posible concentrar las novedades del arte en una semana y que fuera de este espacio de tiempo el resto de las expresiones vitales y creativas son serias y profundas, principalmente para el goce de las minorías o las elites especializadas. La Disneylandia del arte ha acosado a la sociedad la semana pasada con el propósito de que, vía la relación social, debamos tener otra fiesta el próximo año. Algo parecido sucede con las colosales ferias del libro, cuya razón va en contra de la idea de que lo pequeño es hermoso, singular y goza de un tiempo propio a la hora de exhibirse.

De ninguna manera me opondría a las ferias de arte (forman parte de la tradición de los últimos dos siglos y representan un estímulo para algunos artistas y empresarios), solo es que me siento como ese animal varado en Nayarit. La velocidad y la eficacia mercadotécnica rigen en el tiempo en el que un individuo o escritor algo misántropo o alérgico a las multitudes, como creo serlo, se mira como el león varado y solitario de las playas de Nayarit. No me molesta en absoluto esta soledad, como he escrito líneas atrás, y mas bien miro con cierta risa socarrona a esas concentraciones de gente que responden a estímulos virales y sociales que nada tienen que ver con la buena literatura o el arte en general. Son negocios y actividad social. Y también arte, claro, ya que tal es el pretexto de estas concentraciones temporales y específicas de exhibiciones. En mi caso, casi nunca voy a la inauguración de una galería o museo, y espero un lapso de tiempo adecuado —antes del cierre de la exposición— para asistir cuando se me dé la gana y así apreciar la obra sin la necesidad de saludar a nadie, ni comer canapés. Evidentemente, como veo las cosas, soy ese animal varado en las playas de su propio tiempo.

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