A mí las personas, excepto una, que no beben me acarrean la mala suerte. Es un prejuicio, lo sé, y no tendría el menor deseo de juzgarlos, aunque me parezcan, ellos, una especie de humanos parciales y limitados. En cambio, los ebrios que perturban vidas ajenas y quebrantan la concordia suelen serme detestables. Quien no bebe es como una planta que no es regada y en consecuencia marchita su color, su espíritu; una planta cuya palidez vivencial nos muestra una pedante utopía: los no bebedores consideran, por lo general, que son normales: vaya tontería. Sin embargo, acabo de prometer no hacer juicios de naturaleza alguna al respecto de esas ollas vacías. Joseph Roth (1894-1939), el escritor judío, nacido en Galitzia, en el este de Polonia, pero vienés a causa de su vida y sus deseos, declaraba su ebriedad a los cuatro vientos mientras escribía algunas de las obras más notables que he leído en mi vida. Llevaba una vida ascética, carecía de una casa y habitaba los más diversos hoteles en los que se alojaba, escribía y pasaba las noches naufragando en quién sabe qué sueños y pensamientos. Asiduo de cafés y afecto al imperio de Francisco José I, se casó con Friederiche Reichler (Friedl), una bella mujer a la que volvió loca, según él mismo se arrepentía. Los celos, su temperamento trágico, su genio singular y malvado mas también profundamente noble, hundieron a su mujer en un trastorno síquico del que él se sentía responsable. No sabemos si lo fue o no, y jamás nos enteraremos qué tanto ambos seres encontraron en el otro un espejo de su espíritu dramático. El británico Keiron Pim, ha escrito un libro pleno de erudición, mesurado estilo y conocimiento del pesar humano: La fuga sin fin (genio y tragedia de Joseph Roth); publicado en castellano por la Universidad Veracruzana, a través de una bella edición (traducción de Jorge Brash).
Roth, como el escritor serio que era, no se arredró o amedrentó cuando se hacía explicita su embriaguez. Él afirmaba que al ser amigo del vino —el vino es un ser vivo; de allí la estrecha amistad— daba por sentado que viviría veinte años menos, pero prefería disfrutar unos meses o pocos años más placenteros. Claro, esto en caso de que se lo permitieran sus aversiones, su lucidez y carácter excepcional. Qué diferente a tantos seres anodinos y sobrios que desean vivir cientos de años. ¿Para qué? Cada uno se responderá, aunque regularmente es la inercia, la costumbre, los compromisos y responsabilidades, las causas de su estancia en la tierra. El que no bebe carece de raíces profundas y vitales, ya que sería imposible para una planta extraer el jugo espirituoso de la tierra. Ahora bien, quienes han dejado de beber debido a que al hacerlo causan tropelías y pierden el camino civil o su añorada e imprescindible salud, creo que hacen lo correcto.
Yo carezco de escritores de cabecera y no estoy sujeto a religiones literarias; sin embargo, guardo libros imprescindibles. Al tratarse de Joseph Roth me contradigo, pues si alguien es capaz de escribir, Job, La marcha Radetzki, El triunfo de la belleza, Hotel Savoy, o La Leyenda del santo bebedor, más otros libros extraordinarios, entonces la plenitud de su energía estética, de su carácter íntimo, de su vida vehemente, se expone entre líneas, en sus páginas y me conmueve de tal manera que, a distancia, surge una amistad genuina. Tal es la amistad que cultivo con este escritor.
Los últimos acontecimientos sucedidos en México respecto al narcotráfico son, desde mi personal punto de vista, una secuela más, un episodio o reiteración de la misma telenovela humana. En años venideros otro gran capo (hay líneas de sucesión) será centro de atención, otra guerra, capturas, conmoción pública volverán a suceder. Una sociedad desarrollada e inteligente legalizaría el consumo —por demás inevitable— de cualquier sustancia (habría más impuestos) y establecería, a través de la salud pública, la prevención, la regulación, el castigo extremo a los criminales o sicarios, la eliminación de redes policiales y militares corruptas y de estrategias económicas fuera de la ley, aunado todo esto al respeto a la libertad individual, un verdadero progreso. Ello, por supuesto, tendría que contemplar un ligero movimiento de la moral pública, cosa que no sucederá. Habría que aceptar que somos parte de una sociedad decepcionante.

