Durante el verano de 1820, en Berlín, un hombre de ceño opaco y mirada desconfiada hacía publicidad y anunciaba sus lecciones universitarias de la siguiente manera: “Arthur Schopenhauer disertará sobre la totalidad de la filosofía, es decir, sobre la doctrina de la esencia del mundo y del espíritu humano.” En nuestra época, el anuncio de un propósito tan ambicioso e ingenuo nos despertaría una sonrisa; sin embargo, quien ha leído El mundo como voluntad y representación no podrá negar la seriedad con la que Arthur, el hombre nacido en Danzig, enfrentó sus dilemas del pensamiento. La calidad literaria de su obra es suficiente para no menospreciar la exposición o las conclusiones de su doctrina. Quien haya leído a Schopenhauer puede abandonar la lectura de Freud, aunque yo nunca sugeriría abandonar la lectura del inventor del inconsciente y una de las mentes que modificaron la certeza humana. Jorge Luis Borges afirmaba que había aprendido alemán para leer a Schopenhauer.
En Meditaciones cartesianas, Edmund Husserl mostró su desconcierto ante la diversidad de filosofías existentes, y acentuó la necesidad de encontrar un fundamento e hilo conductor que evitaría la contradicción y las conclusiones superficiales. Agobiado por la pluralidad de interpretaciones, Husserl llegó a escribir: “Los filósofos se reúnen, pero por desgracia no las filosofías.” Esto lo podemos comprobar participando en cualquier mesa donde se toquen temas de moda: yo veo a mis compañeros de mesa ponerse de acuerdo, cuando en realidad están expresando todo lo contrario. La idea de Husserl (antecesor del existencialismo, que creció como virus en Europa) con respecto a la diversidad e inconsistencia de la actividad especulativa del pensar se conoce comúnmente con el nombre de Fenomenología (palabra que ya no espanta a nadie.) La influencia de su método y de sus ideas permearon e influyeron en escritores e historiadores tan distintos entre sí como Martin Heidegger, Jean-Paul Sartre, e incluso Edmundo O’Gorman. Me valgo de estas anotaciones para sugerir que ninguna teoría (política, sociológica, física, etcétera) carece de fisuras y que no existen pensadores que no se encuentren siempre a mitad del camino. Si algo define a los seres humanos es que siempre se hallan a mitad del camino, aunque ni siquiera sospechen por cual vereda transitarán. Quienes están muy seguros del lugar a donde van son torpes, temerarios y carecen de un fin asegurado.
En su continuo construir mundo, en su sinuoso camino que incluye la experiencia singular del caminante, este se enfrentará, sin duda, a las arenas movedizas del lenguaje. Este mundo continúa siendo metáfora y horizonte abierto, pese a las llamadas al orden y a los embates que ha recibido por parte del positivismo en general. El hombre es un ser avocado a crear teorías, a chismear reflexiones, mas estas teorías oscurecen o iluminan sólo algún aspecto de lo que llamamos realidad. La suma de todas nuestras teorías o dislates cerebrales nos entrega un fantasma de contornos ambiguos que aparecen y desaparecen según la intensidad de la mirada humana y de su empeño en confiar acerca de su existencia (por eso creo, como Remy de Gourmont, que nada es tan odioso como tener convicciones rígidas). Es este el fantasma con el que conversaremos toda la vida. Quienes escriben o publican sus reflexiones lo hacen porque creen en sus palabras, o al menos fingen una seguridad con el propósito de continuar el diálogo e intentar que las palabras sean consideradas bienes morales y no sólo voces inanes o intrascendentes. ¡Cómo hemos desgastado el lenguaje! Lo bueno es que hay para todos.

