He tenido la fortuna, creerán, aunque para mí no deja de ser a esta edad una especie de desgracia, el nunca haber padecido algún tipo de enfermedad memorable o fatídica. A excepción de algunos dolores pasajeros y de que mi rodilla derecha se niega a brindarme el confort antiguo, puedo decir que no conozco un padecimiento continuo que dote a mi humor de una amargura frecuente. Una buena parte de mis amigos han muerto y su ausencia me causa un dolor que no logro describir: siguen allí, pero sus cuerpos se han desintegrado. No estoy tratando de referirme a un alma, espíritu o entidad transmundana, sino a que su presencia, las huellas de su vida en la mía persisten, y si los extraño es debido a que esta presencia aumenta a causa de su abandono. Quisiera pensar que la ouikoumene, que yo interpreto como el mundo habitable, se encuentra incompleta sin la presencia de los muertos ni la de aquellos que han dejado de ser lo que creíamos que eran. Tengo viejos amigos cuya soberbia y arrogancia actual (para mí no es más que candidez sumada a cierto provincianismo) me impide aproximarme a ellos o al contrario —soy segregado-, sin embargo, el recuerdo de nuestros años de amistad se revela hoy en día casi intacto y estimulante: ellos representan la vida en muerte, al contario de lo que se acostumbra a decir: muerte en vida.
Cuando aludo a mi ausencia de enfermedades, probablemente estoy evitando los desvaríos mentales o mis obsesiones más localizadas, pero de estas no podría escribir sistemáticamente y se las dejo al vaivén e interpretación de mis escritos. Nadie se va sin pagar, ni se escapa por la puerta de atrás respecto a su salud. Stefan Zweig (1881-1942), en su libro, La curación del espíritu (Mesmer, Mary Baker-Eddy, Freud). el escritor vienés defiende la posición subjetiva o anímica del paciente frente a los intermediarios de la salud y la enfermedad. Cree que el entorno, la vivencia, el impulso vital de cada uno ofrece la energía suficiente que el paciente aporta al medicamento. Sé, claro que los siglos se suceden y que la tecnología, el progreso de las ciencias médicas desprecia a los saberes espirituales y anacrónicos que aún se expresan en la curación humana, esto a pesar de que los médicos actuales regularmente preguntan o averiguan si el enfermo posee la fortaleza necesaria para querer vivir o para soportar determinados tratamientos que van en contra de sus creencias personales. Si la medicina es un fascismo, entonces estoy despistado respecto a mis observaciones.
El insomnio que sufro posee sus anécdotas: hoy que miro en tv documentales sobre astronomía, galaxias lejanas o supernovas, me doy cuenta de que Franz Anton Mesmer (1734-1815) no estaba demasiado extraviado de acuerdo a las conclusiones que existen entre las relaciones magnéticas de los seres humanos y las estrellas o el universo. Mesmer sostenía y pregonaba la idea de que toda criatura viviente irradia o emite una energía similar al magnetismo (o a causa de él) que puede canalizarse y transmitirse en aplicaciones terapéuticas (magnetismo animal, lo llamaba). En su libro El enredo mente -cuerpo, el neurocientífico mexicano José Luis Díaz Gómez, más de un siglo después escribe, como hiciera Zweig: “Mediante palabras sugerentes, gestos manuales y un entorno propicio, Mesmer inducía un estado de trance en sus pacientes y decía curarlos de toda clase de enfermedades. Afirmaba lograr esto mediante la canalización de fluidos magnéticos derivados de objetos magnetizados y dirigidos mediante sus manos y su voz”. Todos ligamos el mesmerismo al hipnotismo en el saber popular, pero no a la capacidad del magnetismo para influir en los cuerpos que pululan en lo que llamamos universo. Mesmer ofreció procedimientos ridículos y muchos de ellos excedidos en su imaginación, pero no se equivocó en lo esencial: los seres humanos son cuerpos animados por los elementos universales y la palabra —la cual es conversación, influencia, sugestión—expone cuál es la relación de todos estos elementos en el cuerpo (o mente humana). Es evidente que los métodos de curación donde el magnetismo es parte principal no son verificables en todas las personas. Lo afirmo con el pesar que me causa la pérdida de un amigo reciente, Arnoldo Kraus, quien pese a ser escritor, médico y estudioso de la ética murió afectado por un cáncer que no aceptaba la intromisión de ningún espíritu vital.
Yo, que carezco absolutamente de deseos de vivir, estoy aquí sin una enfermedad a la vista, y esta aún no me ha mostrado su rostro. Espero que no tarde porque carezco del espíritu al que alude Zweig en su libro. Ninguna ciencia lo es si no se encuentra relacionada con el resto del conocimiento humano. Es evidente que la salud es una utopía, una aproximación silenciosa hacia la muerte.

