Mi humor carece de entusiasmo en estos tiempos como para venirles a endilgar principios o consejos morales. Ofrecer esta clase de consejos tendría que ser considerado un delito grave. Si alguien te los solicita habrá que hacer todo lo posible para escaparse de un dilema semejante. Es algo penoso creer o tener la certeza de que podemos dar consejos a otra persona cuando, si somos exigentes, una seguridad semejante —aconsejar acerca del bien o el mal concernientes a un acto— nos torna arrogantes o, al menos, dueños o dueñas de una seguridad pedante y, por supuesto, relativa. No conozco a alguien tan ridículo como quien se expresa con gran seguridad acerca de cualquier tema ético. Si uno pide consejos tendría que ser solamente para no seguirlos y descartarlos. A fin de cuentas, el impulso vital, lo que “tiene que ser”, se impondrá sobre nuestros actos. Ahora bien, mis palabras anteriores no significan que estos consejos no sean necesarios para vivir. Al contrario: no existe farsa sin actores: la obra debe continuar y cada uno tomará su papel y fingirá sabiduría o ignorancia. Si no fuera así no tendríamos pretextos para ser felices, infelices, culpables, imprudentes, etc... no seríamos humanos. Sin embargo, creer que tenemos razones morales para aconsejar a una persona resulta una especie de delito que dejamos pasar y que incluso consideramos generoso y lo agradecemos. Imaginemos que alguien, aún cuando se considere una gran amistad, me aconseje dejar de tomar unos tragos vespertinos. Esta persona no despertaría más que mi conmiseración, piedad y un poco de vergüenza hacia sus palabras, ya que al convidarme sus nociones del bien no tendría en cuenta mis hábitos llevados a cabo durante tres décadas ni mi temperamento y fortaleza física. Esta persona no sería más que un moralista pacato o una tirana obnubilada por la buena voluntad.

Cuando sostengo una conversación me resulta absurdo o inútil imponer mis razones o argumentos. Los argumentos no forman parte de una conversación y acaso sólo funcionan como el bosquejo de un horizonte moral ajeno. Cuando alguien me ofrece sus razones, éstas carecen de importancia cuando persigue una “verdad” que debo seguir. Son el maquillaje que requieren los artistas para posarse ante las cámaras. Conocemos a los demás no por la lógica de sus razones, sino por lo que desean expresar u ocultar, por su necesidad, acaso inconsciente, de mostrarnos su intimidad y su talante social, ético, subjetivo. Así que en lo personal jamás pongo atención en la argumentación lógica de las discusiones. Prefiero mirar los zapatos de mi interlocutor u observar el movimiento de sus manos.

Cuando se trata de una pluralidad de personas sujetas a una entidad moral me imagino al Estado como el estar, el lugar, donde uno se halla y se pregunta si hay o no justicia. Sin embargo y en consecuencia, como sabemos por mera experiencia, los fascismos y las tiranías creadas por las instituciones hegemónicas y autocráticas (de derecha, izquierda, de un lado, polares, etc...) tienden hoy en día a ser una realidad. No hay que confiar en nuestras mentiras: la democracia ha fallado porque la mayoría de las personas somos incapaces de pensar y el poder nos tiene en sus manos. Actualmente el Estado tendría que ser solamente un administrador, no un guía (ya hemos tenido suficientes dictadores que no propician la bondad comunitaria); un punto de encuentro, prevención y regulación; no un camino inalterable y rígido; una oficina que trate los asuntos con seriedad y no un expendio de bufones que desempeñan la imagen de la política para que creamos en cualquier clase de gobierno. Vivimos en un teatro que carece de límites o prudencia ética. Es lo que tiene que ser. En caso contrario la obra teatral terminaría a mitad de la función.

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