En distintas regiones del mundo, la democracia atraviesa un momento de repliegue. A diferencia del pasado, los procesos de erosión democrática pasan por reformas electorales impulsadas por los gobiernos con amplio respaldo popular, que modifican las reglas del juego para inclinar la balanza en su favor. La erosión democrática llega en forma de enmiendas legales y rediseños institucionales que, bajo el argumento de “austeridad”, desnivelar el terreno de competencia política.
¿Les suena familiar? Si tomamos en serio la “probadita” que el oficialismo ofreció en su PowerPoint, la orientación de la reforma es clara: reducción del Congreso de la Unión; disminución del financiamiento público al INE, a los OPLEs y a los partidos; centralización de la función electoral; menos dinero, pero más y nuevas atribuciones al INE en materia de fiscalización e inteligencia artificial; debilitamiento del federalismo electoral; y ajustes a la representación proporcional que podría traducirse en mayorías artificiales.
Las reglas electorales definen las condiciones de la competencia política. Definen cómo se distribuye el poder entre las fuerzas políticas, qué lugar ocupan las minorías, qué incentivos estructuran la deliberación parlamentaria y cómo se protege el pluralismo. Rebajar la representación proporcional, mermar funciones y financiamiento a los órganos electorales y de los partidos, reducir la colegialidad municipal y centralizar decisiones clave puede, en conjunto, inclinar el tablero en beneficio del oficialismo.
Los efectos negativos potenciales de esta propuesta son tan evidentes que hasta los aliados minoritarios —hasta ahora— le han dado la espalda. Saben que un sistema menos plural no sólo perjudica a la oposición: estrecha el espacio político para todos.
Las experiencias comparadas muestran un patrón reconocible: la subversión de la democracia pasa por la alteración, distorsión o falsificación de las condiciones distinguen a la democracia representativa. En México, el riesgo es transitar por ese sendero bajo el lema de “abaratar el costo de la democracia”. El problema es que abaratarla puede significar bajar su calidad y, eventualmente, alterar su naturaleza. Una democracia menos costosa pero también menos plural, menos equitativa y menos funcional no es un avance, es un retroceso político.
Un aspecto adicional agrava la preocupación: la forma en que se ha conducido el proceso. Hasta ahora la discusión ha ocurrido “en lo oscurito”. Se han sostenido reuniones privadas sin un proyecto público que permita deliberar en condiciones de igualdad.
Conviene recordar aquí una distinción clásica. De acuerdo con Norberto Bobbio, la democracia puede entenderse como “poder en público”: es decir, una forma de gobierno en el que las decisiones se adoptan a la luz del día y permite a los gobernados “ver” cómo y por qué se toman. La autocracia, en cambio, es el régimen del poder invisible (oculto): las decisiones fundamentales no se toman en el parlamento, sino en gabinetes cerrados y reuniones reservadas, lejos del escrutinio público.
La opacidad no es un accidente procedimental. Es un modo de ejercer poder. En la vida cotidiana hay una intuición muy simple: cuando alguien necesita esconderse para hacer algo, suele ser porque sabe que esa acción difícilmente resistiría el juicio público.
En democracia, esa intuición cobra un importante sentido político: si la ciudadanía no sabe —o no puede saber— qué se está discutiendo, con qué diagnósticos y con qué impactos esperados, el control democrático del poder se vuelve ilusorio.
Es momento de que las reglas que organizarán la competencia política dejen de negociarse en privado, sin texto a la vista y sin razones sometidas a escrutinio. Necesitamos saber, o por lo menos estar en condiciones de saber, para participar en la deliberación pública.
Y lo haremos. Nos vemos en las dos jornadas del Seminario Reforma Electoral 2026, convocado por la ENID, el IIJ-UNAM, ITAM e ITESO.
Guadalupe Salmorán Villar. Investigadora del Instituto de investigaciones Jurídicas de la UNAM, Coordinadora de @IIJUNAMElector y Profesora Visitante [Fellow In Residence] del Center for U. S. -Mexican Studies de la UC San Diego, California. X: @gpe_salmoran

