Por Carlos Samayoa
Coordinador de la campaña México al grito de ¡Selva! / Greenpeace México
Los ojos de México deberían estar hoy sobre la Semarnat. Lo que esta autoridad ambiental federal está por decidir no es menor: es el futuro del sur de Quintana Roo. No es una exageración. Está en evaluación el megaproyecto turístico “Perfect Day”, promovido por la naviera estadounidense Royal Caribbean en Mahahual. Seamos claros, lo que está en juego no es un parque sino el modelo de desarrollo que se seguirá imponiendo en la región.
¿Por qué Mahahual importa tanto? Porque en este caso se sintetiza un patrón que vemos repetirse una y otra vez en la región: se promete desarrollo, empleo y prosperidad, mientras los costos ambientales y sociales se trasladan al territorio. Ayer fue Xcaret, el Tren Maya, hoy es Royal Caribbean, mañana serán otros. Y así, proyecto tras proyecto, se ha ido fragmentando y reduciendo uno de los ecosistemas más importantes del continente: la Selva Maya, el segundo bosque tropical más grande de América. Lo decimos de nuevo: la selva maya y su acuífero tienen que blindarse urgentemente.
Este 23 de marzo concluye el periodo de consulta pública del proyecto ante la Semarnat. En ese contexto, Greenpeace México entregó un análisis independiente de la Manifestación de Impacto Ambiental presentada por la empresa. Las conclusiones son graves. El proyecto implica desmonte de manglares protegidos, la alteración del hábitat de especies en peligro de extinción, riesgos significativos para el acuífero kárstico, generación masiva de residuos sin infraestructura suficiente, así como un uso intensivo de agua en una región con alta vulnerabilidad hídrica. No son impactos menores. Son razones suficientes para negar la autorización.
El problema es también político. Royal Caribbean adquirió el puerto de Mahahual y cerca de 900 mil metros cuadrados de terrenos e inmuebles aledaños, una gran parte cubiertos por manglar. A partir de ahí, el proyecto avanzó con una velocidad inusual. El municipio de Othón P. Blanco donde se asienta Mahahual, modificó su Programa de Desarrollo Urbano en tiempo récord, sin participación efectiva de la comunidad, para eliminar restricciones y permitir la construcción del parque.
Estamos hablando del instrumento de planeación territorial más importante de un municipio, ajustado a la medida de una empresa. Esta movida resultó en la posibilidad de construir macro albercas y levantar toboganes de hasta 63 metros de altura -casi del tamaño del Monumento a la Revolución en la Ciudad de México- en una zona de alta sensibilidad ecológica, además de los impactos de descargar 21 mil turistas diarios en un pueblo de 3 mil habitantes. Vemos aquí la lógica habitual del “va porque va”.
Esta misma lógica la vimos con el Tren Maya, presentado como motor de desarrollo y que terminó implicando la pérdida de millones de árboles y afectaciones profundas a los ecosistemas. Hoy se repite el mismo patrón: el proyecto ya se promociona, ya se vende, incluso antes de contar con las autorizaciones ambientales. Primero se decide y luego se evalúa. El mayor riesgo es que se imponga una narrativa falsa: que este tipo de megaproyectos son la única vía para el desarrollo y el bienestar de la gente, cuando en realidad no lo son.
Royal Caribbean ha anunciado una inversión cercana a los mil millones de dólares. Esa cifra equivale a más del doble del presupuesto federal destinado este año al medio ambiente para todo México. La pregunta es inevitable: ¿Qué pasaría si al menos la mitad de esa inversión se destinara a regenerar los entornos naturales en lugar de reemplazarlos? Podría financiar la restauración integral de manglares, la recuperación de corredores biológicos, la protección del acuífero y del Sistema Arrecifal Mesoamericano. Podría generar empleos en restauración ecológica, turismo de naturaleza y gestión comunitaria. Esta empresa ya se muestra recogiendo sargazo para mostrar buenas intenciones, pero eso es una ganga para una corporación de ese calado.
La protección del medio ambiente también puede generar empleos, y muchos. Aquí no estamos hablando de utopías, estamos hablando de lo que podría ser el producto de una decisión, de tener un debate amplio y la suficiente voluntad política para explorar nuevos caminos. Pero hasta ahora, los tres niveles de gobierno siguen deslumbrados bajo la idea de que una empresa con un megaproyecto puede ser el hada madrina del progreso.
Hoy la Semarnat tiene en sus manos algo más que un expediente técnico. El resultado de esta decisión va a enviar un mensaje claro: si México seguirá autorizando proyectos que degradan sus ecosistemas en el marco de una crisis climática que se agrava, o si empezará a protegerlos de verdad. Porque lo que está en juego en Mahahual no es un “día perfecto”, es si todavía somos capaces de imaginar un futuro distinto.

