La noche anterior es emoción pura. Ya estoy pensando en qué ropa voy a usar, si llevaré bolas de regalo para mis amigos, si jugaré nueve o 18 hoyos. Saboreo el café previo a la ronda, antes de que amanezca. Me imagino el desayuno después de jugar, y me emociona saber que podré jugar de largo, y que —por lo menos— durante nueve hoyos tendré el gusto de usar una sudadera.

Llega la mañana. Me despierto mucho antes de que suene la alarma, me doy un regaderazo, sabiendo que —si termino pronto la ronda— habrá tiempo para un bañito en el club, con vapor incluido. Camino a mi coche, sintiendo el frío de la mañana. A lo lejos, el mar recibe los primeros rayos del día. Me detengo unos minutos a contemplar el horizonte. En esta época, por lo general, hay un premio muy especial para quien madruga: Una ballena, o varias, saltando, bufando.

Quienes juegan golf en pleno verano, conocen una versión distinta de Los Cabos. Válida, pero diferente. El calor aprieta, el sol castiga, y las rondas de la tarde se convierten en una prueba de resistencia. Los meses de invierno, e incluso principios de primavera, son otra historia. El clima es perfecto: No hace el frío incómodo de otras latitudes, es un frío que se disfruta, siempre que uno lleve encima algo ligero. El sol no molesta, los campos están en sus mejores condiciones, y así se mantienen hasta mediados de mayo. Los recorridos con vista al mar ofrecen algo que ningún otro destino puede replicar: El espectáculo de las ballenas de fondo, mientras uno camina entre hoyo y hoyo. En la mañana, temprano, se suma el canto de distintas aves.

Los green fees de temporada alta pueden hacer dudar a más de uno, pero cada peso invertido en golf en estos meses será bien aprovechado: Condiciones inmejorables, clima ideal de principio a fin de la ronda, y una experiencia que va mucho más allá de los 18 hoyos.

Después de la ronda, el destino sigue. Los Cabos es un lugar muy animado. Para los aventureros y que cuenten con más tiempo en el destino, se recomienda extender el viaje a Bahía de Magdalena, Cada invierno, miles de ballenas grises viajan más de 10 mil kilómetros desde el Ártico para llegar a estas aguas tranquilas del Pacífico, donde nacen sus crías y se reproducen. La experiencia de verlas desde una lancha, a pocos metros, es de las que cambian la perspectiva de un viaje e incluso de la vida misma. A veces, son ellas las que se acercan. Cuando eso pasa, no hace falta decir nada.

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