Se jodió, con la maniobra venezolana, el viejo y famoso concepto de “soberanía” del francés Jean Bodino (1530-1596), cuando afirmaba que esa cualidad del Estado era la de ser “superpoderoso”, independiente, autónomo, dentro de su territorio para tomar las medidas políticas y económicas que le diera la gana al “soberano”. Si Trump se mete hasta la cocina en Caracas y saca a su presidente, Nicolás Maduro, éste será hijo de Hugo Chávez y nieto de Simón Bolívar, pero jamás “soberano”. En todo caso, el poder absoluto, irrestricto, perpetuo, lo demostró el magnate Donald Trump, que ya se hizo de millones de barriles de petróleo. Bodino, por cierto, en uno de “Los seis libros de la República”, y todas las proporciones guardadas, estaba a favor del comercio internacional.

Ese poder soberano venezolano quedó por los suelos al sustraer ¿negociar? a su presidente Maduro, y llevarlo a comparecer ante un juez norteamericano en Nueva York. La globalización nos demostró los límites territoriales de Bodino como mera ilusión. Un concepto moderno de “soberanía” no debería estar anclado en las cualidades o “fortalezas” de la persona soberana o en el Estado, sino de la aptitud y capacidad de sus ciudadanos para vivir dignamente, dentro de una ley, nacional o internacional.

Al parecer, la “soberanía venezolana” estaba soportada por una guardia cubana que sucumbió a la tecnología de guerra norteamericana, no a la potestad de cada individuo venezolano para aprovechar su petróleo en mejorar sus condiciones de vida. Muchos recursos no hacen soberano a un pueblo, mucho rey absoluto, tampoco. Un pueblo soberano es el que tiene comida, salud, educación, seguridad. Democracia para justicia en libertad, eso es soberanía.

Soberanía no es la atribución de autoimponerse normas autónomamente, sino el poderío de sentarte en tu vejez en una banca de una plaza pública a ver comer a unas palomas, sin que te preocupe el entorno. Esa verdadera soberanía la debería cuidar la ley, y el gobierno; esa soberanía viene primero del esfuerzo, empeño o mérito que cada ciudadano pone en su vida, y el Estado garantiza perfectamente su retribución. La soberanía tiene como medida la libertad, por un lado, sí, pero también la justicia, ese disfrute individual del trabajo personal que los gobiernos populistas y opresores ahogan, para hacer dependientes a sus ciudadanos. Prostituyen soberanía con servidumbre social.

¿Cuál es la diferencia “soberana” en que Trump se lleve de Caracas a Nicolás Maduro en un helicóptero, acusado de narcoterrorista, y las dos entregas masivas, en avión, de capos mexicanos, acusados también de narcotráfico, que la Presidenta mexicana autorizó el 27 de febrero y el 12 de agosto de 2025? ¿No es endoso soberano?

La Presidenta mexicana cedió la jurisdicción mexicana a favor de la norteamericana para juzgar a unos mexicanos. ¿No importa porque son delincuentes? Se alegó razones de seguridad nacional. ¿Es soberano México si no puede mantener en sus cárceles a unos asesinos? Se dijo que el poder judicial era corrupto y se corría el riesgo que los liberaran, ¿después de la reforma judicial ya somos soberanos judicialmente? Una abogada de uno de esos mexicanos entregados a Estados Unidos, acusado de narcotráfico, se convirtió, gracias a la elección morenista y el acordeón, en jueza federal. ¿Eso es soberanía?

Los recientes traspasos de jefes criminales mexicanos a Donald Trump no se hicieron bajo la figura de internacional de la “extradición”; sino que fue una “entrega”, un “regalo”. ¿Cuál soberanía alega, ahora, México? A Maduro por lo menos lo atraparon, nosotros ofertamos a los mexicanos. ¿Cuál soberanía, si ayer aplaudieron al juez que condenó al presunto delincuente Genaro García Luna? ¿Qué van a decir mañana si sentencian a Maduro? Soberanía de opereta, de escenografía. Soberanía de cartón. “No podemos avalar la violación a la soberanía”, dijo la Presidenta. Soberanía del bienestar.

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