Caos, mediocridad, ineficiencia, lodazal. Eso es el gobierno de Clara Brugada en la Ciudad de México. Inundaciones, baches, contaminación, movilidad estancada, basura y unos maestros-monstruos (que Morena cebó), ponen de cabeza a la capital.
Nada explica mejor la manera de gobernar del obradorismo que la Ciudad de México. Por un lado, la riqueza intocada donde se deleita, en uno de los más lujosos restaurantes de Paseo de la Reforma, uno de los hijos del que habló de “pobreza franciscana”; y, por otro, los barrios de las periferias o el centro haciendo frente al granizo, lodazal o ladrones con sus propias manos. Un aeropuerto vulgarizado por la simulada renovación ante la cancelación del de Texcoco, y que tres días después de inaugurado por la Presidenta, se le derrumba el techo a uno de sus puentes. Del Metro ya ni hablemos. Todo al típico “aventón”, “ahí se va”, “baratito”, “luego vemos”, “con alambritos”.
Por eso no extraña la figura del ajolote, para identificar a la otrora Ciudad de los Palacios. El ajolote es nuestra identidad; debemos recordar a Roger Bartra, en La Jaula de la melancolía, publicado después del terremoto de 1985.
Bartra lo dice claro. El ajolote es una figura “estancada”, paralizada, sin movimiento, conformista con su estado incompleto, momificación de la transformación. El ajolote jamás logró salir del agua, no se volvió terrestre, no evolucionó, no mutó a una lagartija. Es un desmentido a la teoría de Charles Darwin. Pero eso sí: no deja de arrastrarse. Morena es eso, el PRI de siempre que repta frente al poder y el dinero. No se levanta, no se yergue. No tiene vértebras completas o fuertes que sólo dan la dignidad y la verdad para enderezarse.
De eso vive Morena, de un permanente infantilismo, que anestesia con programas sociales sin evaluación de las potencialidades de cada individuo. Gobernar es regalar para el anfibio que no es capaz de salir del embrión. Roger Bartra lo decía del PRI, pero Morena lo perfecciona: le tiene miedo a la madurez, a la responsabilidad, a la libertad fuera del agua; por eso venera al ajolote y no al águila del escudo nacional.
En resumen, el ajolote no quiere, no puede o no lo dejan evolucionar y elevarse. Símbolo claro de una Ciudad de México, donde se celebrarán tres mundiales, y la Federación Internacional de Futbol arrasa con contratos, dólares, derechos de transmisión por televisión, boletos caros y publicidad. Y la Presidenta grita “soberanía”. Jajaja. Sólo basta ver los contingentes de policías y seguridad para los jugadores, prueba plena de un nacionalismo larvario, sin sabiduría, ni responsabilidad.
Posdata. El gobernador de Sonora, Alfonso Durazo, no tiene visa para entrar a Estados Unidos, pero sí cruza la frontera ¿para dar información? (periódico LA Times). Entonces es también otro ajolote que no sale del agua, del lodazal del narco, pero se asoma a la tierra en Norteamérica. ¿Ese ajolote estará “cantando” allá?
Diputado federal
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