Legislar sobre Inteligencia Artificial es complejo, por la falta de competencia constitucional que tiene el Congreso mexicano en la materia, y la responsabilidad del poder tecnodigital es supranacional. Atañe a leyes a acuerdos internacionales. El artículo 9 del Convenio de Berna tutela la autoría de la obra, al hablar de perjuicio injustificado en la explotación; y el artículo 8 de la OMPI sobre Derechos de Autor, habla del “derecho exclusivo” del creador de autorizar la reproducción, implicado expresamente al mundo digital.

México ya empezó a legislar con “pequeños pasos” la IA, dizque para proteger a los intérpretes y autores; sin embargo, el TMEC no contempla ninguna definición sobre IA; y apenas en marzo pasado la Casa Blanca les dio lineamientos a sus legisladores (nuestros vecinos y socios) en un documento que tituló “National Policy Framework. Artificial Intelligence”. No debe dictarnos línea Trump, pero allí hablan de “Protección de la niñez y empoderamiento de los padres”. “Respeto a la propiedad intelectual y a los creadores”. “Prevención de la censura y protección de la libertad de expresión”. “Fomento de la inversión en IA”. “Armonización de la normativa”. ¡Nada hemos hecho!

La UNESCO emitió una recomendación ética sobre la IA, y el Papa León XIV reivindica el respeto a la verdad y la exigencia de no causar daña físico, económico y social. ¡Nada hace el gobierno que se dice humanista!

Ojalá Marcelo Ebrard al renegociar el TMEC, y su compañero, el nuevo canciller Velasco —tan abrazado en el Senado—, tengan claros esos valores y límites de la IA y la pongan al servicio de la persona.

Es complicado, porque puede atacar la libertad de expresión; no es lo mismo regular la transformación, modificación e imitación, que violar estándares internacionales desarrollados por la Corte Interamerica na de DH, para cumplir con la legalidad, necesidad, y proporcionalidad; un exceso puede crear efectos inhibitorios sobre la creación cultural o la crítica pública, advirtió recientemente “Artículo 19”.

Finalmente puede ser inútil, porque ni tenemos empresas, soluciones ni plataformas, ni copilotos corporativos mexicanos para controlar la IA, tampoco una automatización de procesos a gran escala, ni analítica avanzada de datos. No tenemos software para controlar el input, o para descubrir y prohibir la deformación, no autorizada, del output. Hubiera sido difícil para México descubrir a Jianewi, el supuesto autor del libro “Hipnocracia”.

La IA es peligrosa porque amalgama poder político, económico e ideológico, dice Pedro Salazar Ugarte, en su reciente libro “Totalitarismo total”, donde recuerda la sentencia de Vladimir Putin de hace casi una década: “Quien domine la Inteligencia Artificial, dominará el mundo”.

Eric Sadin, el tecnofilósofo francés lo dice claro: el cambio tecnológico desbocado amenaza la civilización. “La IA apesta a muerte”. México entró a legislar por una pequeña puerta. ¿La abrirá a la mentira?

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