“En el principio existía la palabra”, dice la Biblia, concretamente el evangelista Juan. También lo traducen como “En el principio existía el verbo”, que es la palabra hecha obra. Esa voz encarnada. Esa expresión, dicción, habla transformada en realidad, pues eso es la “acción comunicativa” del filósofo alemán, Jürgen Habermas, que falleció en Starnberg, en las cercanías de Múnich, donde está el Instituto Max Planck que dirigió, escuela cuyo objetivo es estudiar las condiciones de la vida humana, desde el punto de vista científico.

Habermas, que militó en las juventudes nazis, y su auténtica transformación lo llevó de esas posiciones fanáticas, a considerarlo la conciencia europea, homenajeado por multitud de universidades y galardonado mundialmente por su obra, centró su trabajo científico-social en la decencia de la palabra, en la corrección del significado de las letras, en la ética de lo dicho. En la verdad para ser libre.

Pero ¿qué entendía Habermas por verdad? “Su” palabra y sólo “su” palabra, como el fanatismo que mató a seis millones de judíos, y hoy parece volver a encenderse. No. El maestro de la Escuela de Frankfurt, decía que esa verdad se descubre dialogando; que no puede celebrarse la censura, que nadie debe ser discriminado para hablar, y ninguna voz se debe amordazar. Que la democracia o es deliberativa o no es. ¿Suena actual en este México la voz de Habermas? ¿Suena en este México donde renace con fuerza la voz única, unipersonal, sexenal, del priismo transformado en morenismo? Acaso no se niega la presidenta Sheinbaum a hablar con quienes piensan diferente a ella (¡hasta Trump dice estar hablando con Cuba!), ¿no intentan silenciar las plataformas digitales?, cuando antes decían “benditas redes sociales”, y no callan a quien denuncia sus corrupciones o ladronerías.

El control gubernamental de los medios es antihabermaniano, más digno de Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, que de su paisano; las mañaneras son un espectáculo de televisión, más que una fuente de información; y varios medios reciben embutes empresariales de obras o contratos o directamente dinero público. Eso no es comunicación, es prostitución; no genera lazos de verdad entre el gobierno y gobernados, porque no nace de la libertad y no engendra libertad, porque son conductas absolutamente amorales, diría Habermas.

La moralidad en la comunicación no tiene como fuente el dinero o el poder. Las bases de una comunicación verdadera son “actos de habla” que buscan la intercomprensión, esto es, todos los actores del lenguaje persiguen con su voz, realizar lo que se dice. Es la congruencia, la coherencia, el desprecio a la mentira y a la simulación (Teoría de la Acción Comunicativa. 2 Tomos. Taurus. 1987). El verbo se marchita si no lo corresponde el mundo fáctico.

Habermas, ateo, aceptó que Occidente no podía desnudarse de su herencia judeocristiana, que la debería poner en diálogo para construir ese “universalismo igualitario”. (Una historia de la filosofía. Volumen 1. Trotta. 2024). La ética cristiana de la caridad, por ejemplo, que puso en conferencia tolerante con el Papa Ratzinger. Donde llegaron al acuerdo verbal, que la razón secular y la fe católica tienen una doble tarea de aprender, de depurar y regenerarse recíprocamente.

Al principio está la palabra, sí, y también al final. Esperamos el Volumen 2 de la Historia de la filosofía, de la editorial Trotta, del inmortal maestro Habermas. El verbo, la acción comunicativa, estaba al principio y estará al final, es eterna. Habermas está con Dios, donde vive la palabra.

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