Morena es un Proyecto al Fin del Mundo (mexicano), tomo el título de recomendable película de Ryan Gosling, dirigida por Phil Lord y Christopher Miller. Un filme que teje ciencia ficción, química, física, luz solar, recuerdos, vida, audacia, futuro y, sobre todo, confianza en la potencia de cada persona.
Morena es una bacteria en la vida social mexicana que pretende acabar con todo: finanzas públicas con apoyos personales, instituciones pública con privatizaciones silenciosas como en salud, virtudes cívicas, censura, jueces independientes, confianza internacional al apoyar tiranos como los de Cuba, y un largo y vergonzoso etcétera; todo con tal de mantenerse en el poder (que no en la autoridad) y para ello usan un discurso populista y palabras que suenan bonito: “pueblo”, “derechos”, “acabar con los privilegios”, “amor con amor se paga” y más verborrea vacía.
Ese populismo obradorista no tiene límites y llegó al cine. En la sesión pasada de la Comisión de Cultura y Cinematografía, un diputado del oficialismo se aventó la puntada que los mexicanos y mexicanas tenemos “derecho al cine”. El cácaro puede ser un verdugo de los derechos humanos.
Contrario a todo lo que dijeron en el sexenio pasado, cuando desaparecieron el Fideicomiso que apoyaba al cine. Ahora no encuentran la manera de solucionar el tiradero que les dejó la palabrería de López Obrador. No hablo de los hospitales sin medicinas, campo sin crédito, calles sin policías, escuelas sin evaluación, o libros de texto sin ciencia. Tampoco de las calles de la Ciudad de México llenas de agujeros. No. Esta vez quieren recoger el tiradero en el cine. Reponer esa enorme industria-arte de labrar sueños. A esta izquierda mexicana le importa el único arte de arrebañar tarjetas de dávidas. Es su único arte. Ni arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y literatura o danza. Menos el Séptimo arte.
López Obrador atropelló a todos los fideicomisos, y también se cargó al que daba estímulos a la producción del cine mexicano. Le importó un comino el trabajo de artistas, actores, actrices, productores, sastres, escenógrafos, camarógrafos y toda la parafernalia para emocionar auditorios. Del cine y del arte nunca se ocupó Andrés Manuel. Barrió con todo.
La Suprema Corte reparó el agravió en el Amparo en Revisión 357/2022, donde el recurrente fue Springall Pictures, Sociedad Anónima de Capital Variable, que ganó al gobierno la protección de la justicia federal (cuando había) y se mantuvo el fomento. Ahora quieren enmendar el error. Sin hacer propósito de enmienda. Quieren apoyo directo a la gente. No les alcanza el presupuesto. Y quieren derechos para todos. Y como se le atribuye a Chesterton, “para corromper a un individuo basta con enseñarle a llamar ‘derechos’ a sus anhelos personales”. Ahora con la nueva Ley de Cine, dijo un diputado, con ese resorte populista, tenemos derecho al cine.
¿Derecho al cine? Qué más quisiera que vivir en el cinematógrafo. En ese Nuevo Cinema Paradiso eterno de Giuseppe Tornatore. La pregunta, para ese populismo del celuloide: ¿el derecho al cine incluye palomitas?
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