Imagine usted, imagine usted si hacerlo puede, un país.

Imagine entonces, si pensarlo pudiera, un gobierno.

Ahora imagine a un presidente que en tres años no ha conseguido ni siquiera aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Imagine que le han atrapado -varias veces- en mentiras muy graves, incluso sobre sus negociaciones con grupos vinculados al terrorismo y al asesinato hasta de sus compañeros de partido.

Imagínelo con todo su círculo cercano en la cárcel o bajo proceso penal. Y ahora imagine que, aun así, nuestro personaje se niega a renunciar y se aferra a venderse a sí mismo como defensor de la democracia.

No necesita imaginarlo. Es real. Se llama Pedro Sánchez.

Y la historia no acaba ahí. Se pone peor:

Su suegro y su esposa regenteaban múltiples “saunas” donde se ejercía la profesión más antigua del mundo. Hay acusaciones muy serias de que él amañó las elecciones internas del 2014, que le permitieron controlar al PSOE. Sus operadores políticos están grabados mientras negocian a qué damas de compañía se repartirían. Damas a las que, según parece, hasta les habrían pagado sueldo y piso con cargo a los contribuyentes.

Sus operadores también están acusados -y hasta encarcelados- por amañar contratos públicos y obtener gigantescos sobornos, a los que habría que añadir la financiación directa de parte del propio Partido Socialista a base de sobres con dinero en efectivo.

Uno de sus operadores fue atrapado con las manos en la masa mientras intentaba sacar un disco duro lleno de evidencias escondido en la ropa de la actriz porno con la que le encontraron las autoridades.

Su hermano fue supuestamente contratado en un gobierno local para una oficina de artes escénicas, pero sin que el tipo sea capaz de mencionar ni dónde está su oficina, ni quiénes son o qué hacen sus colaboradores. ¡Ah! Y ese mismo hermano decía vivir en Portugal, quizás para pagar menos impuestos, pero en realidad habría estado escondido ¡nada menos que EN EL PALACIO PRESIDENCIAL!

Y, como para cerrar el círculo, su esposa fue convertida en flamante “catedrática extraordinaria” en la prestigiosa Universidad Complutense …sin ser siquiera licenciada con título de validez oficial. Eso, y también está acusada de intervenir para el millonario rescate de Air Europa.

Un figurín, pues.

Vamos, que si estas noticias hubieran sido parte de un guion, no podrían ser para cine serio; tendrían que ser para una película de parodia. No se le habrían ocurrido ni a Santiago Segura, no cabrían -por absurdas- ni en las películas de Torrente, pero está pasando en la vida real.

Cosa de locos.

Y cosa muy seria, pues la picaresca de Sánchez pierde toda su gracia cuando entendemos que lo que hay de fondo en todo este ecosistema de escándalos es la fragilidad misma del consenso político que sostiene a la democracia; un consenso que no está necesariamente plasmado en las leyes, pero que ha de aplicarse para que el sistema mismo sea viable.

Los límites de la democracia

En circunstancias normales, cualquier gobierno al que le echen en cara siquiera uno de los múltiples escándalos de faldas, sobres, mentiras flagrantes y promesas traicionadas (que Pedro Sánchez parece coleccionar como pokemones) habría colapsado de inmediato; ya sea por el peso de la propia vergüenza o por el repudio de una moción de censura en el congreso -si no me cree, pregúntele a Mariano Rajoy, despojado de la presidencia del gobierno… por el propio Pedro Sánchez, vía una moción impulsada por José Luis Ábalos, que hoy está guardadito en prisión. De locos, les digo.

Sánchez no solo se aferra al poder, sino que lo hace con matices de arrogancia que envidiaría cualquier sátrapa hispanoamericano: desde el “son las 5 de la tarde y no he comido” para callar a la prensa que le cuestionaba sus escándalos, hasta el anuncio de que no solo seguirá en La Moncloa, sino que en 2027 volverá a competir como candidato del Partido Socialista, rompiendo además otra promesa previa.

Acá hay varias reflexiones por hacer. Por inicio de cuentas, es evidente que todos los partidos del mundo tienen sus esqueletos en el closet, eso no estará bien, pero es “normal”. La diferencia es que el Partido Socialista Obrero Español no tiene uno que otro esqueleto, tiene a todas las momias de Guanajuato; es un partido vinculado durante más de 100 años a la corrupción, al robo y -en no pocas ocasiones- al asesinato; ojo, todos estos crímenes, no solo ocurridos en voz y en manos de militantes comunes, sino a cargo de algunos de sus líderes más representativos. En un partido “normal”, las andanzas de Pedro Sánchez serían imperdonables; pero en el PSOE, son hasta nostálgicas.

En segundo término, el sistema constitucional español, construido en las turbulencias de la transición, tiene integrado en sí mismo un diseño autodestructivo, que le brinda una cantidad exagerada de poder a los milimétricos partidos independentistas, cuyos diputados suelen hacer la función de bisagra para aprobar legislación y definir al gobierno nacional; ello coloca a la democracia española en la muy incómoda y muy extraña posición de estar en manos de aquellos políticos más empeñados en dinamitar al país.

Sí. En una circunstancia normal, los escándalos de Pedro Sánchez habrían provocado un colapso casi inmediato de la coalición oficialista, acompañada por la disolución del congreso y el llamado a elecciones. Pero en este caso no ha pasado, porque los grandes beneficiados de esos escándalos son justamente los partidos independentistas; no solo porque odian el propio sistema del que se alimentan, sino porque la debilidad resultante del gobierno nacional es una ventaja competitiva extra para ellos.

¿Por qué? Bueno, como Sánchez y muchos de sus asociados necesitan a toda costa seguir en el gobierno, para no acabar -digamos- en espacios más reducidos y con bonitas rejas de adorno, están dispuestos a ceder casi en todo para mantener en su bloque a los votos independentistas, que así incrementan su propio poder sin necesidad de aumentar su base de votantes, y todo mientras España se vuelve más frágil; un negocio redondo.

El tercer punto tiene que ver con la propia situación moral -o en este caso, inmoral- de Pedro Sánchez. A ver, los políticos son medio sinvergüenzas; lo son en todos lados, y eso lo sabemos todos. Sin embargo, es muy raro observar en el primer mundo a liderazgos tan abiertamente inmorales como el de Sánchez. No solo es haga cosas incorrectas, es que ni siquiera le importa que se vuelvan públicas; y con esa actitud exhibe a todo color la gran fragilidad de las democracias modernas.

¿En qué consiste? Bueno, los órdenes constitucionales -como el español- no solo se sostienen en las palabras de su legislación o en las palancas institucionales, sino también en una cierta expectativa tácita de que aquellas personas que han de competir, de luchar y de lucrar con el poder, deben atenerse a ciertas reglas y a cierta vergüenza mínima: Si hay rumores, pueden negarlos; si hay señales de corrupción, pueden desautorizarlas; pero si los agarran con las manos en la masa, deben renunciar a su cargo.

El problema es que -al ser una regla no escrita- no es una regla exigible por ley. Ser mala persona y actuar como sinvergüenza no es un delito que se persiga de oficio, y por lo tanto Pedro Sánchez puede, simplemente, seguir en el poder, al menos mientras sus aliados lo consideren útil para sus propios lucros.

Y sí, la tensión aumenta dentro del oficialismo, mientras las encuestas comienzan a mostrar señales de daño político para los partidos aliados de Sánchez (particularmente Junts) y en algún momento a Pedro ya le llegaron a advertir desde la izquierda catalanista que “si esto escala” con el siguiente escándalo, Sánchez se tendría que ir. Pero van a aguantarlo tanto como puedan.

Mientras tanto, Vox (el único partido de oposición real al PSOE) consolida su tercer lugar y, llegadas las elecciones, sumaría junto con el Partido Popular una eventual mayoría absoluta en el Congreso …pero los populares siguen siendo socios de Sánchez en el parlamento europeo, y las elecciones están todavía a casi 2 años de distancia, con todo lo que ha pasado y todo lo que todavía puede pasar.

Así que, mientras pase lo que haya de pasar, nos queda esperar, observar y entender que la democracia solo funciona si hay un mínimo de decencia, que las instituciones solo se sostienen si hay un mínimo de honestidad, que -para acabar pronto- el sistema no es a prueba de sinvergüenzas.

Esa es quizá la reflexión más importante de todo este relajo: el verdadero costo de la corrupción de Pedro Sánchez no está solo en el daño al presupuesto, o en los nefastos impactos de tal o cual política pública, sino en la erosión de la credibilidad -y, por lo tanto, de la legitimidad- del sistema mismo, que se debilita todos los días, un cinismo, un escándalo y una trácala a la vez.

Doctor en Derecho, profesor, escritor y consultor político. Su nuevo libro es “La trampa de la Certeza: Y otras reflexiones sobre todo lo demás".

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