En 3 semanas, el próximo 24 de abril es el Día de conmemoración del genocidio armenio, una fecha que a más de un siglo sigue siendo incómoda para muchos espacios de poder; además, resulta especialmente relevante en nuestros tiempos, cuando la palabra misma genocidio parece convertirse en un proyectil banal para las discusiones en línea, y se vuelve necesario recordar que genocidio no es cualquier cosa que nos disguste de nuestros enemigos políticos; es algo muy real, que ha ocurrido y podría suceder de nuevo, sobre todo si olvidamos.
Así que, para no ceder al olvido, hagamos algo de memoria.
El 22 de agosto de 1939, días antes de la invasión a Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en su discurso de Obersalzberg, Adolf Hitler ordenó a los líderes de su ejército lanzarse al asesinato masivo de los polacos. Lo hizo con estas palabras:
“Nuestra fortaleza yace en nuestra velocidad y brutalidad…he ordenado poner en acción a mis formaciones, con la instrucción de que, sin descanso ni compasión, manden a la muerte a las mujeres y niños de origen y lenguaje polaco. Sólo así podemos ganar el espacio vital que necesitamos. Después de todo ¿quién habla ahora de la destrucción de los armenios?”.i
Lo que pasó después ya todos lo sabemos; hoy a mí me interesa especialmente lo que pasó antes. ¿A qué se refería cuando hizo mención a la “destrucción de los armenios” de la que nadie se acordaba?
Hitler hablaba del genocidio armenio, el primero de los grandes genocidios del Siglo XX. Este crimen contra la humanidad ocurrió entre 1915 y 1923, durante el colapso del Imperio Otomano y el nacimiento de la moderna República de Turquía, controlada por una facción conocida como “Los Jóvenes Turcos”, que se envolvieron en un discurso nacionalista para asesinar a más de un millón y medio de mujeres, niños y hombres de origen armenio, como parte de una estrategia que los “jóvenes turcos” habían comenzado a delinear desde años atrás, con el objetivo de construir una nación dominada enteramente por ellos el “Gran Turán”, que pretendían imponer desde Mongolia hasta Kazán o, en su versión más delirante, desde la región escandinava hasta el lejano oriente.
En el camino les estorbaban asirios, griegos y árabes, pero a quienes Los Jóvenes Turcos identificaron como su principal obstáculo fue a los armenios, cuya población ascendía a poco más de dos millones dentro de las fronteras otomanas. Mataron a un millón y medio, y a los demás los obligaron al exilio y los sometieron a infinidad de vejaciones.
Y eso es indiscutible. Ya desde el 16 de julio 1915, en un telegrama enviado al Departamento de Estado, el embajador norteamericano en Constantinopla reportó la existencia de una campaña de exterminio racial. Días antes, el Conde Wolff-Metternich, embajador de Alemania, envió otro telegrama a su gobierno, señalando que:
“en su intento por llevar a cabo…la destrucción de la raza armenia, el gobierno turco no aceptó ser disuadido por nuestros representantes, ni por la embajada americana, ni por el delegado del Papa, ni por las amenazas de los Poderes Aliados, ni en consideración a la opinión pública de Occidente que representa la mitad el mundo.ii
El propio Ministro del Interior del gobierno otomano, Talat Pachá, envió órdenes al ejército instruyéndolo, entre otras cosas, a arrancar a los niños armenios de sus familias y asesinarlos (marzo 7, 1916). Talat lo reconoció incluso en una conversación con el antes mencionado embajador norteamericano, a quien directamente le dijo:
“Hemos liquidado ya la situación de tres cuartas partes de los armenios. El odio entre las dos razas es tan intenso que tenemos que acabar con ellos”.iii
Así lo hicieron. A los hombres armenios los ejecutaron por miles casi de inmediato, muchísimos más fueron arrastrados junto con sus esposas e hijos en caravanas de la muerte, sin agua ni comida, sometidos a la esclavitud, al acoso sexual o directamente asesinados. Aquellos que sobrevivían eran llevados a campos de concentración en el territorio de lo que hoy es Siria e Irak, donde los ahogaban o los asfixiaron con humo, en lo que constituyó una evidente prefigura del genocidio judío, sucedido apenas una generación más tarde.
Todavía más de 100 años después, el gobierno turco, construido por los mismos ejecutores e instigadores del genocidio, se niega a reconocer que este sucedió, y durante muchos años ha presionado al resto del mundo para evitar que esta tragedia sea conocida y denunciada.
¿Por qué? La respuesta, en palabras del historiador turco, Taner Akcam, es que, si se reconoce el genocidio armenio, entonces hay que aceptar que buena parte de los padres fundadores de Turquía estuvieron directamente involucrados en el genocidio, o se volvieron ricos (a través del robo de las propiedades de los armenios asesinados).
Trágicamente, esta presión de silencio ha sido muy exitosa. Sólo algunos países reconocen oficialmente el genocidio armenio, incluyendo a México (a partir de 2023) y cuando Alemania se unió a este grupo de naciones, en junio del 2016, a través de una resolución parlamentaria, el primer ministro turco, Binali Yildirim condenó la votación mientras que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, amenazó con represalias a la entonces canciller alemana, Angela Merkel.
En la historia del genocidio del pueblo armenio se entrelazan la violencia inimaginable de los asesinos con la censura injustificable de los burócratas y la memoria inquebrantable de los sobrevivientes, es que necesitamos rescatar esta tragedia en el recuerdo y el espíritu de nuestra civilización, honrar a sus víctimas y desplomar a los victimarios en el fango de la deshonra.
Justamente por eso, porque la indolencia del mundo hacia el sufrimiento de los armenios motivó a Hitler y a otros sátrapas alrededor del mundo a repetir estos asesinatos masivos, que se tradujeron en más de 170 millones de personas asesinadas por sus gobiernos durante el Siglo XX, es que no debemos olvidar.
i Lochner, Louis P. (1942). What About Germany. Dodd, Meas and Company. p. 2.
ii M. Harutyunyan. (2019). The Armenian Genocide in the Ottoman Empire. p. 47.
iii Elorza, Antonio. (marzo 6, 2016). “Los diez mandamientos del exterminio de los armenios”. El Mundo. https://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2016/06/03/57517ae1e5fdeaf6768b4588.html
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