Siempre queremos tener más tiempo para todo, menos para envejecer. Sin embargo, a esta cita llegamos con increíble puntualidad y esa realidad no es nada fácil de aceptar.

“Hay tantas maneras de sentirse insatisfecho/ tantas necesidades que cumplir/ tantas metas por alcanzar/ tantos problemas que solucionar/ el pasado que no lo puedes cambiar/ tantos temores respecto al futuro”

Este fragmento del poema The Shock, de Steve Taylor, refleja nuestro sentir en un momento de crisis. De cuando en cuando, cualquiera pasa por algún tipo de tribulación, ya sea física, financiera o familiar durante la cual un sentimiento de estar rebasado, como alguien que ha avanzado un largo trecho del camino sin detenerse a descansar hasta llegar al punto del colapso. La crisis de la edad es inevitable, todos, en mayor o menor grado, la vivimos, ya sea que la experimentemos en este momento o lo vayamos a hacer en el futuro. Me refiero a lo que hemos llamado la “crisis de los 40”.

En nuestra sociedad, el camino entre los 20 y los 40 años es muy claro. Sin embargo, al llegar a los cuarenta, con metas logradas, hijos adolescentes y varios años de esfuerzo, de pronto, el camino hacia delante no es tan claro.

Es un hecho que hay gente que dura y otra que madura. La que sólo dura, sufre al vivir aferrada al pasado y resistirse a lo inevitable de la vida: el envejecimiento. Pero, ¿entonces hacia dónde vamos? En ese instante comienza una nueva etapa, el mediodía de la vida. Se cruza el umbral hacia un mundo desconocido. ¿Cómo enfrentar la realidad de que nuestros mejores años van de salida?, además de percatarnos de algo que antes era ajeno: sentirnos mortales.

Ese panorama provoca ansiedad. Un amigo la describe como el sentimiento de haber llegado al pico de la montaña, a la cual subimos de manera mecánica labrando el suelo, sin voltear hacia arriba, hasta descubrir que ya no hay más. Aquello que soñamos realizar ya no fue, o bien, lo que realizamos no nos proporcionó la satisfacción que esperábamos.

“Nadie se salva”, dice el doctor Stein Morris del departamento de psicología de la Universidad de Nueva York. Se trata de una crisis natural de transición y se presenta entre los 35 y los 55 años de edad. Por su media aritmética se le denomina “crisis de los 40”. Es una etapa de revalorización en la que la persona se da cuenta de que hay un cambio en el reloj de su vida. Hay un reajuste entre “el tiempo desde que nació hasta ahora” y “el tiempo que le queda por vivir”.

Algunas veces esta crisis se presenta en forma ruidosa e involucra grandes cambios personales. Otras, es sólo una transformación gradual de la conciencia y la perspectiva.

El común denominador es el cuestionamiento sobre el sentido de la vida y sobre la validez de las decisiones que en otro tiempo nos parecían claras.

Cada etapa de cambio nos da un nuevo sentido, una nueva pasión y una nueva dirección. La actitud que tomemos ante este nuevo reto es determinante. Si logramos salir airosos de la tormenta y aceptamos las limitaciones que implica madurar, podremos vivir de forma más rica y más plena para descubrir que la vida se presenta llena de nuevas y maravillosas compensaciones.

Como dice el dicho: “eres tan viejo como crees ser”. Lo importante es mantener latente el interés por cultivar la mente, por adquirir nuevas habilidades, por nutrir el mundo interno, por juntar las piezas para no perder la capacidad de asombro y de recreo. A manera de Borges, hay que empezar a germinar una vida paralela a la que fue la nuestra, pero ahora iluminada por el entendimiento.

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