El día era perfecto: un domingo por la mañana de noviembre en la Ciudad de México, en el que el sol, el aire fresco y transparente, hacía que la vida nos coqueteara, sedujera y reafirmara el privilegio de vivir. Organicé una salida con Valentina y Pablo, dos de mis nietos de 15 y 22 años, a comer a la zona de Polanco, para después ir a ver la obra de teatro Anastasia –que, por cierto, está preciosa. Me sentí afortunada de convivir con ellos, aprovechando que ninguno tenía plan con sus amigos y que sus papás estaban de viaje. Hacía tres días a Pablo le habían extraído las cuatro muelas del juicio, por lo que dudé que aceptara la invitación.

Nos sentamos en una terraza muy agradable en la que dominaba el bullicio, la música, los coches que circulaban a un lado, los transeúntes que paseaban a su perro, así como familias a pie con un cono de helado en la mano. No faltaron el globero y el vendedor ambulante que pasaban a ofrecernos algo. "Esto es México", pensé. Con buena actitud y con la cara todavía un poco hinchada, Pablo se adaptó con buen humor a los alimentos suaves que el menú ofrecía, mientras nosotras disfrutamos un delicioso aguachile y unas tostadas con picante.

A los tres, nos llamó la atención la cantidad de extranjeros que nos rodeaba, pero lo extraño era que nosotros también nos sentíamos turistas en nuestra propia ciudad. ¡Nunca habíamos caminado Polanco, ni mucho menos con esa tranquilidad! Solo lo habíamos atravesado en coche mil veces, entre semana rumbo a alguna cita, casi siempre de prisa, con las ventanas cerradas, reclamando el tráfico que nos hacía perder el tiempo. No obstante, el panorama que ese domingo relajado ofrecía era completamente distinto. ¿Sería la transparencia del aire, nuestro estado de ánimo, el lugar, la comida o nuestra disposición a pasarla bien? Lo ignoro. Lo único que sé es que toda la alegría del día se nos echó encima.

"Vamos por un helado", me dijo Valentina al terminar de comer, como corolario a la perfección del momento. Con cono en mano, paseamos y descubrimos muchos restaurantes tan sofisticados como Ladurée y tan sencillos como tiendas, puestos de mercado con fruta y cafés. En verdad la oferta de esta ciudad y, en especial, de esta zona es interminable. Mientras saboreábamos el helado, pensé en que Pablo, de 22 años, a pesar de su buena actitud y de estar siempre seguro de sí mismo, se volvía de nuevo un niño vulnerable debido a la cirugía que le habían practicado, que le hacía perder la capacidad de masticar. Piedritas que la vida manda para despertar y apreciar lo que tenemos cuando lo tenemos.

Recordé cuando hace años pasé por una experiencia similar y lo fácil que es retraernos al mundo interno en situaciones de malestar, problemáticas o cuando tenemos una preocupación. Cuando estamos enfrascados en ese estado mental, lo que nos sucede parece un asunto de vida o muerte, pero a la distancia nos percatamos de que son pequeñeces y que es la mente la que acrecienta la incomodidad. Al sentirnos así, nos abstraemos del mundo exterior y perdemos la posibilidad de absorber la fuerza de la vida, que a cada instante nos invita a valorarla y disfrutarla. Si permitimos que la desgana nos domine, incluso llegamos a estar cuatro personas sentadas a la mesa, cada cual aislada en su mundo mental, o bien, en su mundo virtual, mientras la vida nos pasa de largo.

Ese domingo, comprobé que lo que nos saca de nuestro mundo interior es la convivencia, la belleza, la experiencia compartida, la conversación y las ganas de pasarla bien.

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