Cultivar nuestro jardín

Gaby Vargas

Voltaire recurre a la creatividad para plantear y exagerar las posibles formas de sufrimiento que el ser humano puede padece

“La sátira es un espejo en que la gente ve la cara de todos menos la propia”. Jonathan Swift

Cándido, el personaje de la novela homónima de Voltaire publicada en 1759, es una persona con un carácter como su nombre indica: inocente e ingenuo, la definición del antihéroe. Hijo bastardo, de cuna pobre, perdió la comodidad de su hogar cuando fue expulsado del palacio en que habitaba, por atreverse a besar a la hija del Barón, una joven llamada Cunegunda. 

La historia es picaresca, filosófica, crítica y divertida, está escrita en tono de sátira para burlarse del optimismo y de la comedia romántica. En ella se señala el fanatismo, la intolerancia y la hipocresía de las religiones, los males en la sociedad, la opresión política, así como la estupidez humana. Por supuesto, dicha apreciación llevó a su autor a la cárcel y el exilio. 

La trama cuenta la historia de Cándido, quien, prendado de la joven, hace una travesía por los continentes. De aventura en aventura se encuentra con distintas versiones del mal: la corrupción, el engaño, la mezquindad, la avaricia y la indiferencia hacia el sufrimiento. Conoce la hipocresía en muchas de sus expresiones, como la de los “autos de fe”, en los que con algarabía se colgaba o quemaba a las personas vivas después de misa. 

Cándido es testigo de un mundo terrible en el que abundan las injusticias humanas, experimenta también el temblor de Lisboa ocurrido en 1755, la plaga bubónica, la esclavitud, la tortura, la lujuria y el canibalismo. Voltaire recurre a la creatividad para plantear y exagerar las posibles formas de sufrimiento que el ser humano puede padecer, desde males físicos, morales y emocionales, hasta catástrofes naturales. Me parece que lo magistral de la obra reside en que a pesar de lo terrible que resulta todo lo anterior, la narración provoca risa. 

Durante la travesía inesperada de Cándido en búsqueda de Cunegunda y la felicidad, el protagonista nunca olvida las enseñanzas de su maestro Pangloss, que predicaba la filosofía del optimismo y afirmaba que “éste es el mejor de los mundos posibles”; lo cual es todo lo contrario a lo que Cándido vive, cuando situaciones que parecen buenas, de pronto se convierten en malas. Tal parece que, con dicha frase, Voltaire plantea: ¿cuál es la mejor forma de vivir en un mundo lleno de maldad?

Al final de la obra, Cándido encuentra por fin a Cunegunda en Turquía, pero se ha vuelto fea y regañona. Entonces conoce a un viejo y su familia que ignora las guerras, los crímenes y la política de Constantinopla. “Tenemos ocho hectáreas que laboro con mis hijos y el trabajo nos libra de tres insufribles calamidades: el aburrimiento, el vicio y la necesidad”, le dice el viejo a Cándido. 

A su regreso Cándido reflexiona y le comenta a Pangloss: “Se me figura que este viejo bueno se ha sabido labrar una suerte más feliz que la de los seis monarcas con quienes tuvimos la honra de cenar en Venecia”.

Pangloss le responde: 

—Todos los eventos forman una cadena en la mejor de las formas posibles. Ya que al final, si no te hubiesen dado una buena patada en tu parte trasera y no te hubiesen expulsado de un castillo por amar a la señorita Cunegunda, y si no hubieses sido sometido a la Inquisición, y si no hubieses deambulado por América a pie, y si no hubieses perdido todas tus ovejas de esa hermosa tierra El Dorado, no estarías aquí ahora comiendo cidra confitada y nueces de pistacho”.

—Bien dicho –replicó Cándido–, pero debemos cultivar nuestro jardín. 

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