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La tercera parte

Gabriel Guerra

Han sorprendido algunos virajes, como el de su relación con las Fuerzas Armadas

Ha transcurrido ya un tercio de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. ¿Apenas? Sí, queridos lectores, aunque para algunos se ha ido como un suspiro y para otros ha sido eterno. 

¿Es momento ya de hacer un balance o un corte de caja?

 El presidente más disruptivo o transformador de los últimos treinta años ha logrado ya su primer y principal objetivo: sacudir las estructuras tradicionales del poder político, social y económico del país. Como en toda sacudida, no siempre caen primero las cosas que debieran y hay muchos daños y afectaciones innecesarios, pero nada de eso resta efecto al objetivo presidencial de transformar las cosas.

Dice el refrán popular que quien avisa no traiciona, y en ese sentido nadie puede llamarse a sorpresa por lo hecho hasta ahora. Desde la campaña había dejado claro que ni el Nuevo Aeropuerto de la CDMX ni la Reforma Educativa peñista tenían futuro, mientras que la Reforma Energética correría una suerte similar. Lo mismo en lo que se refiere al combate (o persecución) a la corrupción del pasado; sus malas formas para con quien piensa diferente a él; su austeridad extrema o su defensa a ultranza de los suyos, declarados “químicamente puros” bajo su muy estricto y muy particular código moral.

Han sorprendido algunos virajes, como el de su relación con las Fuerzas Armadas, a las que tan duramente criticó hasta poco antes de las elecciones del 2018 y que se han convertido ahora en pieza fundamental de sus acciones de gobierno. No debía sorprender, pero lo ha hecho, su frugalidad y rigidez en el manejo de las finanzas públicas: probablemente más cercano a Ernesto Zedillo que a cualquiera de sus antecesores, ya fueran neoliberales o populistas. 

López Obrador llegó a la Presidencia con una idea muy clara de lo que quería hacer y lo que quería combatir, no en balde 15 años previos de campaña en los que recorrió cada rincón del país y que le dieron una mirada a ras de suelo, que tal vez ningún otro político nacional posea. Esa visión contrasta con la de gobernantes anteriores que miraban al país desde 12 mil metros de altura y no alcanzaban a entender las complejidades de la realidad cotidiana. Solo que lo que se requiere es una mirada intermedia, que aprecie lo mismo el detalle que el gran plano nacional. 

La terca realidad se encargó de dificultarle las cosas el primer año: ni el aparato burocrático ni el productivo responden bien a virajes bruscos, las inercias sociales y administrativas son difíciles de romper, la naturaleza humana no cambia drásticamente ni por decreto ni por buenos ejemplos. La violencia generada por el crimen organizado y el desorganizado responde a dinámicas criminales, sí, pero también económicas y mercantiles: el mercado de drogas, armas y dinero tiene vida propia y tiende a crecer y multiplicarse.

Y luego, la pandemia: enorme, imprevisible, indescriptible, se extendió por el país como tapete de lava y encontró la rigidez, la terquedad presidencial. Por lo general las tormentas requieren mano firme y decidida en el timón, pero hay algunas que también exigen flexibilidad y capitanes dispuestos a navegar usando a su favor las corrientes y no oponiéndoseles siempre. Acostumbrado siempre a luchar de frente y a que su terquedad fuera su mejor aliada, el presidente se topó aquí con un enemigo distinto y hasta el momento invencible.

El presidente llega a su segundo aniversario con muy altos niveles de aceptación. Puede usarlos para perseverar en todas sus estrategias y objetivos, o puede adecuar el rumbo lo suficiente para sortear exitosamente éste y los muchos obstáculos que le tocarán en los siguientes cuatro años. 

Analista.
@gabrielguerrac

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